Animales no humanos: víctimas en tiempos de paz y de guerra. Annamaria Manzoni. 26 de junio de 2026

Traducción del italiano: Catalina Valenzuela González

«Todo está relacionado, y nuestro rechazo a la violencia

de las sociedades organizadas y del hombre contra el hombre

 debe extenderse a la del hombre contra la naturaleza,

del hombre contra las demás especies vivas» (Goffredo Fofi)

Hablar de la victimización de los animales en la guerra implica hablar de ellos como víctimas también en tiempos de paz y lleva a considerar cómo su situación es tan similar a la de los más desfavorecidos entre los humanos.

No hace falta explicitar la afirmación que considera a los animales víctimas también en tiempos de paz, víctimas de la violencia desmesurada que es la constante de nuestra interacción con ellos, ya que, frente a los muy pocos a los que cuidamos con amor, hay cientos de miles de millones a los que atormentamos incluso en tiempos de paz: los matamos, los comemos, los diseccionamos vivos, los encarcelamos, los cazamos, los pescamos, los sometemos, los extinguimos.

En este panorama devastador, no es de extrañar que su situación empeore en tiempos de guerra, cuando la más inhumana de todas las actividades humanas celebra la apoteosis de nuestra violencia potencial contra todo y contra todos, dando rienda suelta incluso a los comportamientos más inaceptables que, de vergonzosos que eran, pasan a ser lícitos o incluso objeto de elogio.

Hoy en día, el tema es más relevante que nunca en nuestras mentes, dada la frecuencia con la que nos llegan noticias desde Ucrania, Gaza, Irán, Líbano… Lugares que no son más que la punta del iceberg de una violencia institucionalizada, ya que el ACLED (Armed Conflict Location & Event Data Project, una ONG dedicada a monitorizar la evolución de los conflictos) nos informa que, en todo el mundo, hay actualmente unos 60 conflictos activos en lugares de los que a menudo sabemos poco o nada, y de los que a veces nos cuesta incluso localizarlos en el mapa. Si la amplitud geográfica asusta, tampoco consuela, desde luego, su extensión temporal, ya que las guerras han sido una constante en nuestra historia, que solo ha conocido 29 años (¡no consecutivos!) de paz, según las reconstrucciones de Chris Hedges recogidas en su libro El oscuro encanto de la guerra, título que, por cierto, resulta sumamente evocador a la hora de recordar la atracción que la guerra ha seguido ejerciendo a lo largo de los milenios sobre nuestra especie, única entre todas las demás. O al menos, considerada como tal hasta hace no mucho tiempo, cuando Jane Goodall, primatóloga que había dedicado su vida a estudiar a los chimpancés en su hábitat natural de Tanzania, comenzó a percibir con asombro y dolor que también entre ellos se producían dinámicas destructivas asimilables a las bélicas, una intuición recientemente retomada y confirmada por los etólogos. Los chimpancés, casualmente, son la especie más cercana a nosotros que ninguna otra, ya que compartimos el 98,8 % de las secuencias de ADN.

Más allá de toda retórica que ensalza (de mala fe) el valor, la virilidad y diversos actos heroicos, toda guerra es un escenario inagotable de muerte, destrucción, dolores indescriptibles y desastres tanto físicos como psíquicos. Incluso los soldados, que son los llamados —pero a menudo obligados— a ser sus protagonistas y los ejecutores materiales de los peores crímenes, son muy a menudo víctimas además de verdugos, incapaces de escapar y obligados a convertirse en lo que nunca habrían querido ni imaginado, a mil millas de distancia del deseo de luchar e infligir un dolor similar al que ellos mismos sufren, ansiosos únicamente por volver al lugar donde se sienten amados, a la vida de siempre, a las pequeñas costumbres de antaño que ahora se han convertido en un sueño.

También los animales no humanos sufren un dolor indescriptible, una desorientación absoluta y un terror generalizado: desde siempre han sido soldados reclutados sin saberlo, destinados a convertirse en víctimas desconocidas y de las que nunca se echará de menos.

Por el contrario, es una especie de obligación moral intentar darles la visibilidad que les corresponde; ocuparnos de ellos se convierte también en un observatorio privilegiado de nuestra relación con ellos, de nuestra necesidad de su presencia y, al mismo tiempo, de la abismal asimetría de esta relación.

Soldados inconscientes

Los animales son reclutados a la fuerza en las guerras que, en cambio, deberían ser un asunto exclusivamente nuestro: hay una reciente declaración del primer ministro británico Starmer quien, refiriéndose a la voluntad de no intervenir en la situación del Golfo, sentenció: «No es nuestra guerra», frase que se ha convertido en una especie de mantra repetido por las naciones que no tienen intención de entrar en conflictos que consideran ajenos a sus intereses. He aquí la cuestión: cualquier animal no humano, reclutado a su pesar, si tuviera palabras para expresarlo, tendría derecho a declarar lo mismo: no es nuestra guerra. Por desgracia, nos conviene seguir haciendo caso omiso de la forma en que nos lo comunican.

Sin embargo, entre los muchos episodios, hay uno que nadie ignora: se trata de Aníbal, quien en el siglo III a. C. cruzó los Alpes con elefantes, una hazaña que ha pasado a formar parte de todos los libros de texto desde primaria gracias al colorido con que se narraba, contada como una gran aventura, sin que se planteara ninguna crítica ni duda sobre aquello a lo que se obligaba a los elefantes: ellos, seres absolutamente gregarios, acostumbrados a una intensa vida social con fuertes lazos afectivos, habían sido capturados en África, en sus territorios naturales, esclavizados y obligados a un viaje de miles de kilómetros hasta el frío de los Alpes. Ahora sabemos que, de los 37 animales con los que Aníbal partió, solo uno sobrevivió un año antes de morir: todos los demás sucumbieron durante el primer invierno a causa del hambre, el frío y las heridas, obligados a recorrer un camino fatal. Pero de todo esto no se hablaba en los libros, y la historia de Aníbal cruzando los Alpes con los elefantes se ha planteado como un relato mitificado sobre las hazañas del caudillo cartaginés. Una gran oportunidad perdida para sensibilizar a los más jóvenes sobre la terrible injusticia que se comete contra esa maravilla de la naturaleza que son los elefantes y para movilizar reacciones de indignada empatía.

La historia de los elefantes-soldados es una de las más crueles, ya que en numerosas ocasiones ha ido acompañada de comportamientos de un cinismo inconcebible, como el de los cerdos a los que se prendía fuego porque sus gritos de dolor, inhumanos, asustaban tanto a los paquidermos que les provocaban la huida.

Por desgracia, al igual que los soldados que no pueden elegir, los animales llevan al menos 45 siglos viéndose obligados a participar en operaciones bélicas: al menos 45 siglos porque sabemos, por ejemplo, que los asirios ya utilizaban caballos desde el año 2000 a. C. Desde entonces, ninguna guerra parece haber respetado a ninguna especie animal.

Los caballos, en particular, han estado omnipresentes en los campos de batalla desde los siglos antes de Cristo, pasando por la Edad Media y la Edad Moderna, hasta las guerras mundiales del siglo XX. Una amplia filmografía nos los ha mostrado sumidos en un estado de terror absoluto frente al ejército enemigo (enemigo de sus amos humanos, desde luego no de ellos) en terribles combates cuerpo a cuerpo, entre relinchos aterradores; los hemos visto desplomarse heridos con las entrañas saliéndoles del abdomen, abandonados a morir en el suelo sin el más mínimo consuelo. Y su presencia, tan omnipresente, ha acabado normalizándose; sus relinchos asustados, música de fondo de cada batalla, nunca han sido objeto de críticas. Los recientes sucesos de Roma, cuando, durante los preparativos de la Fiesta de la República, los fuegos artificiales lanzados imprudentemente por un carabinero los aterrorizaron hasta el punto de hacerlos huir en medio del tráfico urbano, nos dicen mucho de lo que debieron de haber sentido en medio del estruendo ensordecedor de batallas aterradoras: un veterinario explicó que se trata de animales extremadamente sensibles a los ruidos. No hay nada más que añadir.

No hay nada más que añadir, salvo que nuestras ciudades albergan, con orgullo, varios cientos de monumentos ecuestres, que constituyen un himno a los caballeros armados —y, por tanto, a la guerra— y, al mismo tiempo, celebran la sumisión de los caballos, que aparecen en la representación como nada más que una especie de accesorio, de heroica belleza, para el caudillo de turno.

Junto a ellos se utilizaron muchas otras especies animales: perros, mulos, palomas mensajeras, camellos y elefantes fuera de Europa, cada una de ellas aprovechada por sus propias características. Basta decir que durante la Primera Guerra Mundial se utilizaron y murieron al menos 11 millones de équidos, caballos y mulos, explotados hasta el agotamiento para transportar víveres, ametralladoras y todo tipo de material bélico, y que, al final, fueron sacrificados y consumidos. Por su parte, al menos 200,000 palomas fueron utilizadas para llevar mensajes, aprovechando sus enormes habilidades como «viajeras» y acabando, en muchos casos, alcanzadas por el fuego «enemigo».

Ni siquiera los perros se libraron: tanto en la Primera como en la Segunda Guerra Mundial fueron reclutados a la fuerza, capturados —o quizá sería mejor decir «sustraídos»— de todas partes, hasta tal punto que se hablaba de un servicio militar obligatorio para emplearlos en el transporte de heridos, adiestrados para buscar a los muertos y para transportar enseres diversos. Pero, muy a menudo, se les convertía en bombas vivientes: atados a cargas explosivas, se les empujaba contra las alambradas, donde se les hacía explotar. En la Segunda Guerra Mundial, adiestrados para recibir comida únicamente bajo los vehículos blindados, se les dejaba en ayunas para que, hambrientos, estuvieran listos para meterse bajo los vehículos blindados enemigos y allí se les hiciera explotar. En lo que parece un desprecio extremo, se les llamaba «perros suicidas», a pesar de que, sin duda, en su comportamiento no había ninguna intención suicida, sino solo el impulso de obedecer las órdenes, sin ser conscientes del final al que estaban destinados. Y un pensamiento doloroso va dirigido a los niños y niñas a quienes, según hemos sabido recientemente, se les ha infligido un destino similar en Irán, Nigeria, Irak y Afganistán: se les llamaba «mártires», atribuyéndoles también una intención autodestructiva, casi como si fueran portadores de una elección consciente de autoinmolación; en realidad, víctimas de la oscuridad de la razón, que ensombrece dramáticamente la ética de nuestros tiempos.

Los «perros suicidas» y los «niños mártires» son mistificaciones lingüísticas que sirven a los mandantes para eximirse de responsabilidad: y son ejemplos aterradores de cómo los más frágiles y débiles, humanos y no humanos, son las víctimas elegidas para las acciones más devastadoras. Sin olvidar a los soldados de primera línea, obligados a lanzarse hacia una muerte segura: al fin y al cabo, siempre habrá una medalla, entregada a la familia al son conmovedor del himno nacional, para certificar como valor y sacrificio la trampa mortal en la que tuvieron que abandonar su joven vida.

Amistades interespecíficas desequilibradas

En todo esto hay que destacar un fenómeno particular, atestiguado por fotografías y diarios que datan sobre todo de la Primera Guerra Mundial, una guerra de trincheras, por lo tanto sedentaria. Se trata del papel de amistad que muchos animales —perros, caballos, mulos— acabaron desempeñando, un papel de suma importancia para los soldados que vivían una situación de extrema dramatismo, miedo, soledad y lejanía de sus seres queridos. Los animales eran capaces de despertar sentimientos de ternura, muy valiosos en medio de la carnicería, donde parecía haberse perdido hasta la más mínima pizca de humanidad y era la animalidad la que la recuperaba: en definitiva, presencias vitales también en términos de apoyo emocional, capaces de crear fuertes vínculos en una especie de hermandad interespecífica. La presencia de un animal, al que dedicar afecto y cuidados, actuaba como antídoto contra la desesperación y el miedo, y devolvía a los soldados el sentido de su propia humanidad, que había sobrevivido a pesar del embrutecimiento cotidiano. Los soldados percibían la enorme distancia entre la inocencia de los animales y la crueldad de los hombres; y esta conciencia les permitía dejar aflorar a veces, frente a los no humanos, esa afectividad y esas emociones que el miedo a mostrar su propia fragilidad les impedía manifestar ante otros hombres. Los diarios que han llegado hasta nosotros hablan, por ejemplo, del dolor de un oficial por la muerte de una perrita, un dolor que afloraba con mayor facilidad que la angustia por la muerte colectiva de los hombres. O de quien afirmaba que no había nada que conmoviera tanto el corazón como la visión de un animal moribundo o mortalmente herido: algo verdaderamente desgarrador si se piensa que esta sensibilidad encontraba la manera de aflorar desde lo más profundo en medio de las peores matanzas humanas. Se trataba, en realidad, de una forma de duelo por la muerte de un animal propio, a la que solo hoy, un siglo después, por fin se empieza a reconocer su lugar en la sociedad.

Una bonita fábula, sin duda, pero sin final feliz: al término de la Primera Guerra Mundial, por ejemplo, varios cientos de perros fueron abandonados en el Adamello, en el momento de la dispersión del ejército. No solo abandonados, sino que incluso los dejaron atados a la cadena y, por lo tanto, condenados a una muerte lenta y atroz. Sería bonito poder pensar que se trató de un hecho aislado, pero, en realidad, la misma dinámica de abandono ya había tenido lugar en Libia en 1912: los perros fueron abandonados en suelo africano cuando los soldados italianos se marcharon, y su destino sólo podemos imaginarlo. Y no es algo que se pueda relegar a un pasado lejano que hay que olvidar, ya que, en los años 70, fueron las tropas estadounidenses las que abandonaron en Vietnam a los 5,000 perros utilizados durante la guerra.

Ciertamente: se trata de comportamientos que hay que contextualizar teniendo en cuenta la gravedad de los momentos, pero que, en cualquier caso, son reveladores del total desprecio que se atribuía a los animales: lo que se estaba haciendo era lícito, no conllevaba el riesgo de ninguna sanción, ni siquiera moral, salvo, cabe imaginar, el sentimiento de culpa de al menos algunos soldados. Sin duda, el vínculo había sido fuerte, pero su fuerza nunca prevaleció sobre el deber de obedecer a las órdenes superiores ni, mucho menos, sobre la desesperación por huir.

Cifras estimadas aterradoras

A los animales, antes y durante las guerras, se les han infligido también tratos verdaderamente inconcebibles, entre los que cabe recordar el conocido como el «holocausto de las animales domésticos» de 1939: en los días posteriores a la declaración de guerra, en una Gran Bretaña en la que el cariño por las animales domésticos ya estaba muy extendido, hasta el punto de que existían clínicas veterinarias y tiendas para su aseo, se sacrificaron alrededor de 750,000 animales denominados «de compañía», sobre todo perros y gatos: el Gobierno había difundido, no órdenes, sino recomendaciones del tipo de que, si no se podían evacuar los animales, era mejor sacrificarlos, ya que sufrirían por falta de comida o a causa de los bombardeos. Fueron muchísimas las personas que acataron la petición, hasta tal punto que se formaron largas colas frente a las clínicas veterinarias a las que se llevaba a los animales para ser sacrificados. Se trató de una reacción masiva dictada por el miedo, por la fuerza de la propaganda y por las condiciones de la guerra, que no dejó de provocar sentimientos de culpa y vergüenza.

Algo similar, en cierto modo aún más trágico, tuvo lugar en Tokio en 1943, cuando el Gobierno japonés ordenó a la población (esta vez no se trató de un consejo, sino de una orden) que matara a todos los animales domésticos, ya fuera haciéndolo personalmente o entregándolos a las autoridades: la medida se justificó por la escasez de alimentos y el peligro que podían suponer los animales asustados por los bombardeos. Fue un acontecimiento muy impopular y traumático, en el que subyacía un clima de sacrificio, el llamamiento de las autoridades a la necesidad de que, en tiempos de guerra, todos estuvieran dispuestos a pagar un precio personal, ya fueran humanos o no humanos. Más allá de la crudeza de la decisión, no se puede dejar de subrayar la brecha entre la habitual desvalorización de los animales y su falta de derechos, y la repentina equiparación con los humanos a la hora de hacerles pagar por culpas no cometidas, atribuyéndoles una ética que normalmente se les niega.

Los zoológicos: entornos de un peligro específico

Y luego están los zoológicos, que merecen un análisis aparte porque constituyen una realidad aparte. Si en el pasado estaban poblados por animales exóticos, orgullosos botines de guerra, motivo de orgullo de los vencedores, de cuya supremacía daban testimonio, también en la actualidad celebran el dominio del ser humano sobre todas las demás especies, enjaulados o recluidos como están. Al estallar las guerras, cuando escasea la comida y se hace real el peligro de que los animales, enloquecidos por el miedo, se escapen y aterroricen a la población, el orgullo de exhibirlos da paso rápidamente a soluciones mucho más pragmáticas: evacuar a los pocos que sea posible evacuar, reclutar a algunos (por ejemplo, elefantes) y matar a todos los demás, a menudo para convertirlos luego en alimento.

Son muchos los lugares donde la historia se ha repetido: por ejemplo, el zoológico de Berlín, donde solo se salvaron 91 de los 3,000 animales que allí estaban encerrados durante la Segunda Guerra Mundial. O el de Varsovia, que se hizo famoso gracias a una película de 2017, «La señora del zoológico de Varsovia».

Pero en un pequeño libro casi desconocido, con un título cautivador, Esta vida, sin embargo, me pesa mucho, de Edoardo Franzosini, que describe la masacre planificada y metódica llevada a cabo en el zoológico belga de Amberes en agosto de 1914, ordenada por las autoridades, que dictaminaron que todos los animales del zoológico debían ser sacrificados en un plazo de 48 horas. Los osos ya habían sido eliminados porque su corpulencia, tan interesante en otros momentos, se había convertido en un estorbo. A continuación, la «aterradora tarea», como la llama Franzosini, se confía a la eficiencia de un pelotón de ejecución de 50 hombres, armados con fusiles Mauser de repetición con bayoneta acoplada. Se empieza por las aves, que, al ver a los soldados, graznan como locas y se estrellan contra las redes de las jaulas. El aire se llena de disparos, pero también de los gritos inútiles de las aves, del ruido de sus picos contra las redes de las jaulas, sin que haya escapatoria para nadie. Luego le toca el turno al elefante, de cuya muerte se encargan diez soldados dispuestos en dos filas: los de delante arrodillados y los de atrás de pie, porque él, pobrecito, no consigue morir. Y se sigue con todos los demás, utilizando para las antílopes solo la bayoneta, porque con ellas es fácil. Franzosini no nos ahorra la agonía de muchas horas del rinoceronte y, finalmente, la sórdida historia concluye con los monos, dejados para el final, tal vez porque su parecido con los humanos no facilita la tarea. La matanza, llevada a cabo con precisión, resulta ser una especie de anticipo de la que continuará durante años en las trincheras, donde millones de seres humanos no tendrán escapatoria.

Si bien se trata de un relato del pasado, es fácilmente aplicable al presente con solo modificar las coordenadas geográficas, para llegar, por ejemplo, al zoológico de Bagdad, en Irak, donde de los 700 animales solo sobrevivieron unas pocas decenas, a las que se dedicó un gran esfuerzo para curarlas de los traumas sufridos.

Como es bien sabido, la historia enseña, pero los estudiantes no aprenden: una vez terminada la tragedia con la terrible muerte de todos los animales, a nadie se le pasó por la cabeza que los zoológicos debían cerrarse por ser lugares de cautiverio e injusticia, a punto de estallar en momentos de dificultad. Es más: aún hoy las noticias resuenan con situaciones que rozan lo grotesco: precisamente el pasado mes de marzo, se sacrificaron 10 babuinos en el zoológico de Zúrich, porque se consideró que su número era demasiado elevado en relación con el resto de su especie y, por lo tanto, capaz de desencadenar una dinámica de grupo inestable en la manada de 48 animales. Años antes, en 2014, la opinión pública se indignó por la matanza, en el zoológico de Copenhague, del pequeño jirafa Marius, de solo 18 meses, cuyo único «delito» era ser un animal de más respecto a las necesidades del zoológico. En aquel caso, no faltó el desprecio adicional de diseccionarlo públicamente y dárselo de comer a los leones, ante un público entre el que también había niños. Que las autoridades hablaran de un propósito educativo no puede sino dejarnos atónitos.

La misma suerte corren los más desamparados

Son muchísimos los animales que quedan bajo los escombros junto a los humanos; los heridos que no tienen forma de ser atendidos, los que mueren por falta de comida, al igual que los perros y gatos llevados a los refugios y abandonados allí para que mueran de hambre y sed.

Una entrevista incluida en el libro de investigación Niños de zinc, de Svetlana Aleksievich, Premio Nobel de Literatura en 2015, que repasa la guerra de los rusos en Afganistán (1979-1989) a través de los relatos de los veteranos, recoge el testimonio de un soldado que recuerda cómo los animales tampoco se libraban de las represalias: como cuando, tras detener una caravana que transportaba armas, se separó a los hombres por un lado y a los asnos y mulos por otro, y todos esperaron la muerte en silencio. Hasta que los gritos de un asno herido le atravesaron los oídos y el corazón. O el sueño que persigue como una pesadilla a otro veterano que vuelve a oír los lamentos de los perros detectores de minas. También ellos tenían sus muertos y heridos. Yacían cerca unos de otros, muertos. Hombres sin piernas. Perros sin patas.

Por si no bastara con la carnicería diaria, no faltan, desde luego, los episodios de animales sometidos a todo tipo de maltratos, o asesinados a propósito a tiros o envenenados en las calles como desprecio hacia la población: es posible que se ataquen deliberadamente refugios, granjas, zoológicos, y que se lleven a cabo matanzas por pura crueldad, en desprecio hacia la población. La crueldad, que tan a menudo caracteriza nuestra relación con ellos incluso en tiempos de paz, se amplifica desmesuradamente en los territorios en guerra, donde la violencia parece ser el único modelo de relación posible y se legitima más que nunca cuando a nuestro alrededor se han desvanecido todos los escrúpulos morales. No es de extrañar, por otra parte, ya que durante las guerras se produce un colapso total de todos los frenos morales, dado que la repetición continua de la violencia desata otros impulsos oscuros, que desembocan en actos gratuitos contra cualquiera, normalmente seres humanos, pero ¿por qué no? también animales.

La caza y la guerra: cambian las víctimas, pero no siempre

Como se lee en el libro El buen soldado mulo, esta habituación a la violencia y a la crueldad se vuelve a veces tan generalizada que, en los momentos más tranquilos, los soldados deciden ocupar el tiempo en frecuentes partidas de caza, a modo de distracción, convirtiendo así a los animales en nuevas víctimas del ambiente bélico. En los diarios se leen frases del tipo «la guerra es una gran aventura, una partida de caza en la que las presas, en lugar de las habituales zorras o patos, eran seres humanos» (pág. 19). «Las frecuentes partidas de caza servían para pasar el tiempo, ahuyentar el aburrimiento y enriquecer la mesa». En definitiva, el clima de violencia que caracteriza a toda guerra se expande desmesuradamente, crea adicción, tendencia a la repetición y el colapso de los frenos morales: si matar es lo que se exige, se hace sin ningún tipo de reparo.

Y habría mucho que argumentar sobre la frágil frontera que separa la caza de la guerra, otorgando a la caza el significado que le es propio como actividad sádica, fuente de placer ante el sufrimiento infligido, ejercicio de dominio cruel, algo muy distinto de una actividad deportiva, ya que se sustenta y se alimenta del gusto por matar provocando primero terror y luego dolor extremo. La frontera con el asesinato de seres humanos viene establecida únicamente por las normas sociales que, en tiempos de paz, consideran que matar a un ser humano es un acto penalmente punible, mientras que matar a un animal es una actividad lícita e incluso placentera. En tiempos de guerra, esta frontera se derrumba. Hechos recientes de actualidad informan de cómo, durante la guerra en la Ex Yugoslavia, algunos cazadores italianos, profesionales de prestigio, se sintieron autorizados a matar ya no a animales, sino a hombres, mujeres y, ¿por qué no?, niños. Pagando por su placer, según una lista de precios obscena.

Algo positivo

En busca de un punto de apoyo a una idea de humanidad que se encuentra a la deriva, la atención de muchos se ha centrado en estos últimos años en algunas noticias tranquilizadoras, difundidas por los medios de comunicación: por ejemplo, ha sido reconfortante conocer el compromiso y la abnegación de asociaciones y voluntarios (un nombre que destaca entre todos es el de Andrea Cisternino, que se quedó en Ucrania para no abandonar su refugio, donde aún hoy acoge a cientos de animales), que desde el inicio de la guerra están haciendo todo lo posible por prestarles socorro, tratando de proporcionarles comida y curar a los heridos, arriesgando sus propias vidas. Y han conmovido las imágenes de personas obligadas a huir de Ucrania, al igual que de Gaza, llevándose consigo a su perro o a su gato. Un testimonio de una nueva perspectiva que incluye en el concepto de familia también a los no humanos, que, por lo tanto, acaban formando parte de ella a todos los efectos:

El fenómeno ha impactado a la opinión pública por su magnitud y porque, según nos dicen los historiadores, no se había registrado nada parecido en las situaciones desesperadas de guerras anteriores. Ciertamente, como fenómeno digno de consideración es cierto, pero si se indaga en las experiencias individuales, se descubre que hay algo antiguo en su interior, hay quien ya había experimentado de antemano la desesperación que supone el abandono de su perro o su gato, cuando aún no era posible hablar de ello porque se trataba de un amor no reconocido, al que no se le concedía derecho a la ciudadanía, del que casi había que avergonzarse en el escenario de la absoluta obscenidad bélica. Se encuentra un testimonio desgarrador de ello en un documental de hace unos años con un título más que emblemático, «Not a time for children» (No es tiempo para niños): una mujer muy anciana, en una Ucrania marcada por inmensos sufrimientos históricos, repasa todas las atrocidades que ha presenciado a lo largo de su historia personal, desde el inicio de la Segunda Guerra Mundial en su país. Pero una desesperación incontenible la invade en el momento en que cuenta la huida de su familia en los vagones, mientras su perro Rex intentaba seguirles corriendo con gran esfuerzo, y ella y su hermano pequeño suplicaban en vano a su padre que lo llevara con ellos: ve a Rex atropellado y herido, llorando mientras yace moribundo a un lado de la carretera: tras 70 años y tantas ignominias vistas y sufridas, nunca más ha vuelto a sentir una desesperación tan poderosa, un dolor tan absoluto.

Lo que hoy en día muchos intentan hacer, en parte porque cuentan con el respaldo de una cultura y un sentido común que lo autorizan y lo valoran, probablemente siempre ha existido sin ser reconocido y tal vez haya sido prerrogativa del colectivo de personas a las que menos se escucha: los niños, quienes, con la dramática pérdida de su animal de compañía, han sufrido traumas de enorme impacto, por muy poco reconocidos que sean.

Volviendo a la situación actual de las guerras que conocemos, esto no es más que una pequeña parte de la realidad: es enorme el número de animales que han sido abandonados por quienes huían, y son desgarradores los videos de los perros que deambulaban por las inmediaciones de las estaciones de tren ucranianas: probablemente siguen esperando a sus compañeros, que partieron de la estación hacia quién sabe dónde. Algo parecido a lo que hizo el perro Hachico en la historia real que luego se convirtió en una película, interpretada por Richard Gere, un perro que permaneció durante años frente a la estación donde vio entrar por última vez a su compañero humano.

La muerte de los animales como daños colaterales

Se ha prestado muy poca atención a la muerte de muchos miles de delfines en el mar Negro, a causa de los sonares militares utilizados por buques y submarinos rusos, que dañan su audición: se desorientan, se estrellan contra las rocas y ya no pueden buscar alimento. Es su muerte, pero al mismo tiempo la destrucción de todo el ecosistema del mar Negro.

Es la modernización de las guerras, que sigue utilizando a los animales como instrumentos sacrificables, modificando sus métodos. A modo de ejemplo, se siguen utilizando perros porque son capaces de detectar los IED (Improved Explosive Device), artefactos explosivos improvisados utilizados, por ejemplo, en las guerras de Chechenia. Siguen siendo los perros los que se ven obligados a lanzarse en paracaídas desde alturas de 5,000 metros, sin tener en cuenta sus características etológicas. Y merece la pena recordar al perro de guerra Cairo, un malinois belga, el único nombre que mencionó y homenajeó el presidente Obama en la base militar de Fort Campbell (6 de mayo de 2011) en su discurso de agradecimiento al comando de los 81 miembros de la unidad secreta Seal Team Six, que acabó con la vida de Osama Bin Laden.

Sin protección

De hecho, por muy poco o, por desgracia por nada que se aplique, para los humanos existe la Convención de Ginebra, que se ocupa de la protección de los grupos vulnerables durante las guerras, pero no contiene ninguna referencia al deber de proteger a los no humanos, algo que no entra dentro del DIU, el Derecho Internacional Humanitario. A día de hoy no existe protección alguna para ellos: se cuentan y, a veces, se lamentan las víctimas humanas, pero a las animales no se les dedica ningún interés: ¿quién sabría decir cuántos cerdos, cuántos perros, gatos, terneros, delfines, gallinas… han muerto hasta la fecha en Ucrania, en Gaza, en el Líbano…? Pero, más sencillamente: ¿cuántos de nosotros nos hemos planteado esta pregunta? Y además: ¿a cuántos les importa la respuesta?

Si en tiempos de paz un largo proceso, en el mundo occidental, ha llevado a reconocerlos como seres sensibles y el camino científico está abierto a su reconocimiento como seres dotados de autoconciencia, todo progreso ético se ve arrasado en tiempos de guerra, cuando se les puede hacer —y se les hace— de todo. Mueren sin que se les mencione ni se les cuente, se les trata como si fueran objetos, no hay lugar alguno para el reconocimiento de su inmenso sufrimiento ni para la gratitud por la ayuda que prestan constantemente a los humanos. Para ellos no hay espacio en las crónicas diarias, en los reportajes. A la vista de todos está solo el destino de algunos que aparecen en las imágenes porque la cámara los enfoca junto a los humanos: es el caso, por ejemplo, de los burros de Gaza, a los que es imposible no ver en los reportajes que muestran a las personas huyendo con sus escasas pertenencias: es imposible no verlos, pero muy posible no fijarse en ellos. Están ahí, reducidos a siluetas esqueléticas y obligados a tirar de carretillas repletas de gente y de cosas: su sufrimiento no es, sin duda, menor que el de las personas, pero pasa desapercibido, a pesar de estar ahí gritando un dolor no menos grave que el de los humanos. En este vacío perceptivo, resultó muy apreciable el comentario de Andrea Lacomini, portavoz de Unicef Italia (Skytg24; 31 de julio de 2025), en una de sus conexiones desde Gaza. Al relatar las indescriptibles miserias humanas, comentó diciendo también: «Los burros, pobrecitos, también se están muriendo de hambre, igual que los niños»: él, una persona que siempre se ha comprometido con la defensa de la infancia traicionada, humillada y ofendida, en medio del sufrimiento de niños, mujeres y ancianos, fue capaz de ver también la devastación y el dolor de los demás animales. Y hacia ellos expresó el mismo dolor. Tuvo el valor de decir lo que cualquiera, si no estuviera cegado por la creencia crónica de que solo nosotros, los humanos, contamos, podría y debería decir, porque la empatía, para ser tal, no puede conocer fronteras entre especies. Y, sin embargo, su voz se alzó en medio del silencio sepulcral que envuelve la vida y la muerte de los demás animales: en la devastación de la guerra como destino final de comportamientos y convicciones arraigadas en la vida cotidiana de la mayoría.

Vale la pena recordar que en Hyde Park, en Londres, se encuentra el Animals in War Memorial, inaugurado en 2004, como homenaje a los millones de animales empleados en las guerras libradas por los británicos y sus aliados. La inscripción reza: «They had no choice» (No tuvieron elección). No es precisamente un monumento que compense las tragedias a las que alude y resulta realmente insuficiente si su objetivo es una especie de reconocimiento tardío para lavar culpas. Pero la inscripción es fundamental para consagrar, más allá de toda retórica, la anulación de toda posibilidad de elección por parte de los animales, tanto en la guerra como en la paz. La única posibilidad que queda es esperar, aunque más allá de toda racionalidad, en la existencia de un Paraíso ad hoc porque, como dice un niño napolitano en el libro de culto Nessun porco è signorina (Ningún puerco es una dama), cuando vayan al Cielo, Dios les pedirá perdón por haberlos creado. Porque lanzarlos a una vida de dolor espasmódico e insuprimible solo puede atribuirse a una ligereza imperdonable.

La comparación ventajosa

En el gran olvido de las víctimas animales de cualquier guerra entra en juego con fuerza un mecanismo defensivo bien conocido, el de la comparación ventajosa, más conocido con la expresión «benaltrismo», que nos permite exagerar todas las formas de maltrato hacia otros animales —que cometemos sin siquiera sentirnos culpables— e indignarnos. Se comparan situaciones objetivamente graves con otras consideradas peores por el pensamiento común: el mantra es que, con todo lo que está pasando, hay cosas mucho más importantes de las que ocuparse. Así pues, si los seres humanos resultan heridos, asesinados, deportados, torturados, sometidos a violencias atroces; si los niños quedan huérfanos, pierden piernas o brazos; si se lanzan bombas sobre colegios y hospitales, desde luego no es el momento de ocuparse de los animales. En definitiva, se establece una jerarquía de las injusticias. Se trata de un mecanismo peligroso porque lleva a cometer o tolerar muchísimas situaciones en las que se inflige el mal sin sentir siquiera culpa alguna: se aceptan las peores injusticias, sin oponerse a ellas, incluyéndolas en la lista de cosas poco importantes, insignificantes si se comparan con las de alcance cósmico. Habría que reflexionar, de una vez por todas, en que ninguna injusticia justifica a otra: ninguna crueldad se ve borrada por otra, sino que se suma a ella, haciendo del mundo un lugar aún un poco peor. Un mundo que, convertido en un infierno para los animales, no debería ser un asunto que se pueda minimizar ni, mucho menos, ignorar, sino que debería llevarnos a cuestionarnos en profundidad nuestra propia esencia y a abordar de raíz el tema de la violencia.

No es de extrañar el estado de las cosas, ya que los animales no humanos son las víctimas predilectas de este mecanismo incluso en tiempos de paz: un mecanismo del que también se sirve con generosidad la política, siempre ocupada en tareas nobles, lo que le permite ni siquiera tener que dar explicaciones por su inercia en materia de protección animal.

¿Qué hacer, pues? El contagio de la violencia y del mal

Huelga decir que no existen recetas milagrosas, porque la única solución posible debería buscarse en cambios que abarquen todo el contexto cultural. Habría que reconocer que la violencia habitual ejercida sobre los no humanos, que es el sello distintivo de nuestra relación habitual con ellos incluso en tiempos de paz, es la primera gran pieza de esa cultura que, en sus formas más extremas, llega a la que se practica durante las guerras. Son muy esclarecedoras las palabras del psicólogo canadiense Steven Pinker, quien, en un estudio monumental sobre este tema (El declive de la violencia), escribe en la primera página que, si queremos comprender el porqué de la violencia, debemos estudiarla de forma integral, es decir, no solo en sus manifestaciones aisladas, sino en su proceso de formación. Dice textualmente: «desde los azotes a los niños hasta las declaraciones de guerra entre naciones»; es decir, partiendo de aquellas que generalmente se consideran aceptables, cuando no incluso recomendables. Yo matizaría esta afirmación situando en el origen, incluso antes de los azotes a los niños, la violencia contra los no humanos, ya que estos son aún más indefensos, puesto que ni siquiera pueden contar con el escudo protector de las leyes. Por otra parte, fue en 1884 cuando George Angell, presidente de la Sociedad de Massachusetts para la Prevención de la Crueldad contra los Animales, acusado de preocuparse demasiado por los animales cuando había tanto por hacer por las personas, respondió categóricamente: «Yo trabajo en las raíces. En las raíces del problema de la violencia».

Los grandes pacifistas

Esta tesis guarda relación con el pensamiento de los grandes pacifistas: Aldo Capitini (1899-1968), considerado el Gandhi italiano, llegó a afirmar que la costumbre de matar a los animales de forma constante y sin tregua es el caldo de cultivo de las guerras. Por ello, decidió hacerse vegetariano en 1932, cuando empezaban a soplar vientos de guerra, con la convicción declarada de que, si se aprendía a no matar a los animales, con mayor razón se evitaría la matanza de seres humanos.

En la misma línea se sitúa la postura de otros pacifistas —Gandhi, Tolstói, Terzani, Marcucci, Schweitzer—, convencidos de que el rechazo a la guerra no surge de forma repentina, sino que se nutre de una actitud solidaria, no depredadora, hacia todos los demás, humanos y no humanos, y abarca todos los aspectos de la vida individual y social.

Modificar la condición de la víctima

Si bien no somos capaces de comprender qué hacer para frenar las guerras —en buena compañía, en nuestra impotencia, junto a mentes geniales como Albert Einstein, Sigmund Freud o Bertrand Russell—, en este contexto, de forma mucho más modesta, podemos intentar pensar en lo que es posible hacer, al menos para obstaculizar la inmensa y silenciosa victimización de los animales no humanos, soldados inconscientes y víctimas olvidadas de toda guerra. El quid de la cuestión radica en la convicción de que somos los amos y señores de la vida y la muerte, autorizados e incluso llamados a ejercer este poder a nuestro antojo. Solo si y cuando decidamos devolver a los animales su lugar en el mundo, junto a nosotros y no por debajo de nosotros, podremos aspirar a restablecer un equilibrio hoy destrozado, del que es fruto toda la situación actual.

Una situación que, por desgracia, sigue quedando bien resumida en afirmaciones lapidarias como la de José Saramago, Premio Nobel de Literatura en 1998, quien, al titular su autobiografía Este mundo no está bien, desea e invoca que llegue otro. Y la de un escritor como Jim Mason, que titula uno de sus impactantes libros Un mundo equivocado. Y podríamos continuar con Cesare Pavese, quien, a través de Nuto, personaje de su obra maestra La luna y las hogueras, dice: «El mundo está mal hecho y hay que rehacerlo». En resumen: «El mundo me duele», por decirlo con palabras de Giorgio Gaber.

La situación de estos últimos años parece negar realmente toda posibilidad de optimismo, dada la enormidad de los cambios que serían necesarios. Pero cada individuo tiene el poder de aportar su granito de arena: indignarnos por el trato que reciben los animales en la guerra no tiene sentido si seguimos haciéndoles lo mismo en tiempos de paz. Porque, en palabras de Louise Michel, de estos tiempos malditos surgirá el día en que el hombre consciente y libre ya no torturará ni a sus semejantes ni a los animales. Por esta esperanza merece la pena atravesar el horror de la vida.

ORIGINAL

Animali nonumani: vittime in pace e in guerra

Annamaria Manzoni

26 Giugno 2026

Erano stati catturati in Africa, nei loro territori di vita, schiavizzati, costretti a un viaggio di migliaia di chilometri fino al gelo delle Alpi. Ora sappiamo che dei 37 animali, con cui Annibale era partito, solo uno sopravvisse per un anno prima di morire. Di tutto questo nei libri di storia non c’è traccia. Del resto non si parla neanche degli oltre 11 milioni di cavalli e muli, sfruttati fino allo sfinimento per trasportare viveri, mitragliatrici e ogni altro strumento bellico, e, alla fine, macellati e mangiati. O dei tantissimi cani trasformati in bombe viventi. Gli animali da almeno 45 secoli vengono costretti a partecipare alle operazioni belliche. “Nella grande rimozione delle vittime animali di ogni guerra entra in gioco prepotentemente un meccanismo difensivo ben conosciuto – scrive Annamaria Manzoni -, noto con l’espressione di benaltrismo, che ci permette di esasperare tutte le forme di abuso sugli altri animali, che commettiamo senza neppure sentirci in colpa… Si tratta di un meccanismo pericoloso perché induce a compiere o a tollerare tantissime situazioni in cui il male viene inflitto senza neppure provare sensi di colpa… Bisognerebbe finalmente riflettere che nessuna ingiustizia ne giustifica un’altra… Ogni singolo individuo ha il potere di fare la propria parte…”

“Tutto si tiene, e il nostro disgusto per la violenza delle società organizzate e dell’uomo sull’uomo deve allargarsi a quello dell’uomo sulla natura, dell’uomo sulle altre specie viventi“ (Goffredo Fofi)

Parlare della vittimizzazione degli animali in guerra comporta parlare di loro come vittime anche in tempo di pace e porta a considerare come la loro situazione sia tanto simile a quella dei più diseredati tra gli umani.

Non ha bisogno di essere esplicitata l’affermazione che considera gli animali vittime anche in pace, vittime della strabordante violenza che è la costante del nostro interagire con loro, dal momento che, a fronte dei pochissimi di cui ci occupiamo con amore, sono centinaia di miliardi quelli che noi tormentiamo anche in tempo di pace: li uccidiamo, mangiamo, vivisezioniamo, imprigioniamo, cacciamo, peschiamo, sottomettiamo, estinguiamo.

Al di là di ogni retorica che esalta (in mala fede) coraggio, virilità ed eroismi vari, ogni guerra è teatro inesauribile di morte, distruzione, dolori inenarrabili, disastri del corpo e della psiche. Anche i soldati, che sono quelli chiamati, ma frequentemente obbligati, ad esserne gli attori principali e gli esecutori materiali dei peggiori crimini, sono spessissimo vittime oltre che carnefici, impossibilitati a sottrarvisi e costretti a divenire quello che mai avrebbero voluto né pensato, lontani mille miglia dal desiderio di combattere e infliggere dolori speculari ai propri desiderosi solo di ritornare dove sentirsi amati, alla vita di sempre, alle piccole abitudini di un tempo divenute ora sogno.

Anche gli animali nonumani subiscono sofferenze indicibili, assoluto spaesamento, terrore dilagante: sono da sempre soldati arruolati a loro stessa insaputa, destinati a diventare vittime sconosciute e mai rimpiante.

È invece una sorta di obbligo morale provare a dare loro la visibilità che gli spetta; occuparcene diventa anche un osservatorio privilegiato della nostra relazione con loro, del nostro bisogno della loro presenza e nello stesso tempo della abissale asimmetricità di questo rapporto.

Soldati inconsapevoli

Gli animali vengono arruolati a forza nelle guerre, che dovrebbero invece essere un affare tutto nostro: c’è una recente affermazione del primo ministro britannico Starmer, che, riferendosi alla volontà di non intervenire nella situazione del Golfo, ha sentenziato “Non è la nostra guerra”, frase divenuta una sorta di mantra ripetuto dalle nazioni non intenzionate ad entrare in conflitti che ritengono estranei ai loro interessi. Ecco: ogni animale nonumano, arruolato suo malgrado, avesse le parole per dirlo, avrebbe il diritto di dichiarare la stessa cosa: non è la nostra guerra. Purtroppo del loro modo di comunicarcelo ci fa comodo continuare a non prendere atto.

Eppure, tra i tanti episodi, ne esiste uno che nessuno ignora: si tratta di Annibale che nel 3° secolo A.C. valicava le Alpi con gli elefanti, impresa che è entrata in ogni libro scolastico a partire dalle classi elementari per le suggestioni di cui veniva arricchita, raccontata come un’enorme avventura, senza che venisse sollevata una critica, un dubbio su ciò a cui gli elefanti venivano costretti: loro, esseri assolutamente gregari, abituati ad una vita sociale intensa con legami affettivi stringenti, erano stati catturati in Africa, nei loro territori di vita, schiavizzati, costretti ad un viaggio di migliaia di chilometri fino al gelo delle Alpi. Ora sappiamo che dei 37 animali, con cui Annibale era partito, solo uno sopravvisse per un anno prima di morire: tutti gli altri dovettero soccombere nel primo inverno per fame, freddo, ferite, costretti ad un percorso fatale. Ma di tutto questo nei libri non si parlava e quello di Annibale che valica le Alpi con gli elefanti si è strutturato come un racconto mistificato sulle prodezze del condottiero cartaginese. Grande occasione persa per sensibilizzare i più giovani sulla terribile ingiustizia in atto nei confronti di quella meraviglia della natura che gli elefanti sono e per mobilitare reazioni di indignata empatia.

La storia degli elefanti-soldato è tra le più trucide perché si è più volte affiancata a comportamenti di un cinismo inconcepibile, vale a dire quello dei maiali incendiati perché le loro grida di dolore, disumane, spaventavano a tal punto i pachidermi da causarne la fuga.

Purtroppo, come i soldati che non possono scegliere, gli animali da almeno 45 secoli vengono costretti a partecipare alle operazioni belliche: almeno da 45 secoli perché sappiamo per esempio che i cavalli venivano impiegati già dagli Assiri, dal 2000 A.C.. Da allora nessuna guerra pare avere salvaguardato nessuna specie animale.

I cavalli in particolare sono onnipresenti sui campi di battaglia dai secoli prima di Cristo, attraverso il Medio Evo e l’età moderna fino alle guerre mondiali del 20° secolo. Una vasta filmografia ce li ha mostrati gettati in uno stato di assoluto terrore contro l’esercito nemico (nemico dei loro padroni umani, non certo loro) in terribili corpo a corpo, tra nitriti terrificanti, li abbiamo visti crollare feriti con le viscere che fuoriuscivano dall’addome, lasciati a morire sul terreno senza l’ombra di un conforto. E la loro presenza così ubiquitaria ha finito per essere normalizzata, i loro nitriti spaventati musica di fondo di ogni battaglia, mai assoggettata a critiche. I recenti fatti di Roma, quando nei preparativi per la Festa della Repubblica i fuochi d’artificio incautamente lanciati da un carabiniere li hanno terrorizzati al punto di farli fuggire nel traffico cittadino, molto ci dicono di quello che devono avere provato nel frastuono clamoroso di battaglie terrificanti: un veterinario ha spiegato che si tratta di animali sensibilissimi ai rumori. Nulla da aggiungere.

Nulla da aggiungere se non che le nostre città ospitano, orgogliosamente, alcune centinaia di monumenti equestri, che sono un inno ai cavalieri armati, e quindi alla guerra, e nello stesso tempo celebrano la sottomissione dei cavalli, che appaiono nella rappresentazione come null’altro che una sorta di accessorio, di eroica bellezza, al condottiero di turno.

Insieme a loro sono state impiegate tante altre specie animali: cani, muli, piccioni viaggiatori, cammelli ed elefanti fuori dall’Europa, ognuna sfruttata per le proprie caratteristiche. Basti dire che durante la prima guerra mondiale furono usati e morirono almeno 11 milioni di equidi, cavalli e muli, sfruttati fino allo sfinimento per trasportare viveri, mitragliatrici e ogni altro strumento bellico, e, alla fine, macellati e mangiati. Mentre almeno 200.000 piccioni vennero usati per portare messaggi, sfruttando alcune loro enormi abilità di “viaggiatori” e finendo in molti casi colpiti dal fuoco “nemico”.

Neppure i cani vennero risparmiati: sia nella prima che nella seconda guerra mondiale vennero arruolati a forza, presi, forse meglio dire sottratti, dovunque tanto che si parlava di leva, obbligatoria, per essere impiegati per il trasporto di feriti, addestrati a cercare i morti, a trasportare masserizie varie. Ma spessissimo trasformati in bombe viventi: legati a cariche esplosive venivano spinti contro reticolati dove venivano fatti esplodere. Nella seconda guerra mondiale, addestrati a ricevere cibo solo sotto i cingolati, venivano lasciati a digiuno di modo che poi, affamati, fossero pronti ad andare sotto i cingolati nemici e lì fatti esplodere. In quello che pare estremo spregio, venivano chiamati cani suicidi, nonostante di certo nel loro comportamento non vi fosse alcun intento suicidario, ma solo la spinta ad obbedire agli ordini, inconsapevoli della fine a cui erano destinati. E un pensiero dolente va ai bambini e alle bambine a cui in tempi recenti abbiamo saputo essere stata inflitta sorte simile in Iran, Nigeria, Irak, Afghanistan: venivano chiamati martiri, attribuendo anche a loro un’intenzione autodistruttivo quasi fossero portatori di una scelta consapevole di autoimmolazione: in realtà vittime del buio della ragione, che oscura drammaticamente l’etica dei nostri tempi.

Cani suicidi e bambini martiri sono mistificazioni linguistiche funzionali ai mandanti per deresponsabilizzare sé stessi: e sono spaventosi esempi di come i più fragili e deboli, umani e nonumani, siano le vittime prescelte per le azioni più devastanti. Senza dimenticare i soldati delle prime linee, costretti a lanciarsi contro una morte certa: tanto poi, ci sarà sempre una medaglia, consegnata alla famiglia al suono toccante dell’inno nazionale, a certificare come valore e sacrificio la trappola mortale in cui hanno dovuto abbandonare la loro giovane vita.

Amicizie interspecifiche sbilanciate

In tutto questo va sottolineato un particolare fenomeno, testimoniato da foto e diari risalenti soprattutto alla prima guerra mondiale, guerra di trincea, quindi stanziale. Si tratta del ruolo amicale che molti animali, cani, cavalli, muli, finirono per assolvere, ruolo importantissimo per i soldati che vivevano una situazione di estrema drammaticità, paura, solitudine, lontananza dagli affetti. Gli animali erano in grado di sollecitare sentimenti di tenerezza, preziosissimi in mezzo alle carneficine dove ogni briciolo di umanità sembrava perduto ed era l’animalità a rintracciarlo: insomma, presenze vitali anche in termini di sostegno emotivo, capaci di creare. forti legami in una sorta di affratellamento interspecifico. La presenza di un animale, a cui dedicare affetto e cura, agiva come antidoto alla disperazione e alla paura e restituiva ai soldati il senso della propria umanità, sopravvissuta nonostante l’abbruttimento quotidiano. I soldati percepivano l’enorme distanza tra l’innocenza delle bestie e la crudeltà degli uomini; e questa consapevolezza permetteva loro di lasciare a volte emergere, nei confronti dei nonumani, quella affettività e quelle emozioni, che la paura di esporre la propria fragilità bloccava davanti agli altri uomini. I diari arrivati fino a noi parlano, per esempio, del dolore di un ufficiale per la morte di una cagnetta, dolore che emergeva più facilmente dell’angoscia per la morte collettiva degli uomini. O di chi affermava non esserci cosa che tocchi il cuore come la visione di una bestia morente o ferita mortalmente: davvero lancinante se si pensa che questa sensibilità trovava modo di emergere dal profondo nel mezzo delle peggio carneficine umane. Si trattava davvero di una forma di lutto per la morte di una proprio animale, a cui solo oggi, a distanza di un secolo, finalmente si comincia a concedere diritto di cittadinanza.

Favola bella, davvero: ma senza happy end: al termine della prima guerra mondiale, per esempio, molte centinaia di cani furono abbandonati sull’Adamello, nel momento. della dispersione dell’esercito. Non solo abbandonati, ma addirittura lasciati legati alla catena e quindi condannati ad una morte lenta e atroce. Sarebbe bello poter pensare ad un evento isolato, ma in realtà la stessa dinamica abbandonica aveva avuto luogo in Libia nel 1912: i cani furono abbandonati sul suolo africano quando i soldati italiani se ne andarono: e la loro sorte può solo essere immaginata. E niente da relegare ad un passato lontano da dimenticare, visto che, negli anni ’70, furono le truppe statunitensi ad abbandonare in Vietnam i 5.000 cani usati nel corso della guerra.

Certo: si tratta di comportamenti da contestualizzare tenendo conto della drammaticità dei momenti, ma sono comunque significativi del totale disvalore attribuito agli animali: quello che si stava facendo era lecito, non comportava il rischio di alcuna sanzione, nemmeno morale, ad eccezione, si può immaginare, del senso di colpa di almeno alcuni soldati. Di certo il legame era stato forte, ma la sua forza non aveva mai la meglio sul dovere di obbedienza agli ordini superiori né tanto meno sulla disperazione della fuga.

Spaventosi prezzi preventivi

Agli animali, prima e durante le guerre, sono stati inflitti anche trattamenti davvero impensabili, tra i quali vale la pena ricordare quello noto come olocausto dei pets del 1939: nei giorni successivi alla dichiarazione di guerra, in una Gran Bretagna in cui l’affetto per i propri pets era già molto diffuso, tanto che esistevano cliniche veterinarie e negozi per la loro toelettatura, vennero soppressi circa 750000 animali cosiddetti d’affezione, animali e gatti soprattutto: il governo aveva diffuso non ordini, ma consigli del tipo che, se non si potevano evacuare gli animali, era meglio sopprimerli, perché avrebbero sofferto per mancanza di cibo o a causa di bombardamenti. Furono moltissime le persone che aderirono alla richiesta tanto che si videro lunghe file fuori dagli studi veterinari dove gli animali venivano portati per essere soppressi. Si trattò di una reazione di massa dettata dalla paura, dalla forza della propaganda, dalle condizioni di guerra, che non mancò poi di causare sensi di colpa e vergogna.

Qualche cosa di analogo, in qualche modo ancora più tragico, ebbe luogo a Tokyo nel 1943, quando il governo giapponese ordinò alla popolazione (questa volta non si trattò di un consiglio, ma di un ordine) di uccidere tutti gli animali domestici, facendolo personalmente oppure consegnandoli alle autorità: il provvedimento fu giustificato con la carenza di cibo e il pericolo che gli animali spaventati dai bombardamenti potessero costituire. Fu un evento molto impopolare e traumatico, alla base del quale agiva un clima di sacrificio, il richiamo delle autorità alla necessità che in tempo di guerra tutti dovessero essere pronti a pagare un prezzo personale, si trattasse di umani o nonumani. Al di là della crudezza della decisione, non si può non sottolineare il divario tra la normale svalutazione degli animali e la loro mancanza di diritti, e l’improvvisa equiparazioneagli umani quando si trattava di far pagare colpe non commesse, attribuendo loro un’etica normalmente disconosciuta.

Gli zoo: contesti di un pericolo specifico

E poi ci sono gli zoo, che meritano un discorso a parte perché sono una realtà a parte. Se nel passato erano popolati da animali esotici, orgogliosi bottini di guerra, vanto dei vincitori, di cui erano lì a testimoniavano la supremazia, anche ai giorni nostri celebrano il dominio dell’essere umano su tutte le altre specie, ingabbiati o comunque reclusi come sono. Allo scoppio delle guerre, quando il cibo scarseggia e si fa reale il pericolo che gli animali impazziti di paura scappino e terrorizzino la popolazione, l’orgoglio di esibirli lascia velocemente il posto a soluzioni ben più pragmatiche: evacuare i pochi che è possibile evacuare, arruolarne alcuni (per esempio elefanti) e uccidere tutti gli altri, spesso poi trasformandoli in cibo.

Tanti i luoghi dove la storia si è ripetuta: per esempio lo zoo di Berlino, dove a salvarsi furono solo 91 dei 3.000 lì rinchiusi nel corso della seconda guerra mondiale. O quello di Varsavia, reso celebre da un film del 2017, La signora dello zoo di Varsavia.

Ma descrizioni sconvolgenti che rendono conto dell’atrocità insita in queste situazioni si trovano in un piccolo pressoché sconosciuto libro dal titolo magnetico, Questa vita tuttavia mi pesa molto, di Edoardo Franzosini, che descrive il massacro pianificato e scrupoloso nello zoo belga di Anversa nell’agosto del 1914, ordinato dalle autorità che stabiliscono che tutti gli animali dello zoo debbano essere uccisi nel giro di 48 ore. Già gli orsi erano stati eliminati perché la loro mole così interessante in altri momenti si era già trasformata in ingombro. Poi la “spaventosa faccenda”, come la chiama Franzosini, viene affidata all’efficienza di un plotone di esecuzione di 50 uomini, armati di fucile Mauser a ripetizione con baionetta innestata. Si comincia dagli uccelli, che, alla vista dei soldati, strepitano impazziti e sbattono contro le reti delle voliere. Riempiono l’aria i colpi dei fucili, ma anche le grida inutili degli uccelli, il rumore dei loro becchi contro le reti delle voliere, senza che ci sia scampo per nessuno. È poi la volta dell’elefante alla cui morte provvedono dieci sodati disposti su due file, davanti quelli inginocchiati e dietro quelli in piedi perché lui, poverino, non riesce a morire. E si procede con tutti gli altri, usando per le antilopi solo la baionetta, perché con loro è facile. Non ci risparmia, Franzosini, l’agonia di molte ore del rinoceronte e finalmente la sporca vicenda si conclude con le scimmie, lasciate per ultime, forse perché la loro somiglianza con gli umani non facilita il compito. La carneficina portata a termine con precisione risulta una sorta di anteprima di quella che proseguirà per anni nelle trincee dove a non avere scampo saranno milioni di esseri umani.

Se questo è un racconto del passato, è facilmente applicabile al presente solo modificando le coordinate geografiche, per arrivare per esempio allo zoo di Baghdad in Irak, dove dei 700 animali ne rimasero in vita poche decine, a cui fu dedicato grande sforzo per guarirli dai traumi subiti.

Come risaputo, la storia insegna, ma gli studenti non imparano: finita la tragedia con la morte terribile di ogni animale, a nessuno si affacciò alla mente che gli zoo fossero da chiudere perché luoghi di prigionia e ingiustizia, pronti ad esplodere nei momenti di difficoltà. Anzi: ancora oggi la cronaca rimbomba di situazioni al limite del grottesco: giusto nel marzo scorso, 10 babbuini sono stati uccisi nello zoo di Zurigo, perché il loro numero è stato giudicato troppo elevato rispetto al gruppo dei loro conspecifici e quindi in grado di innescare una dinamica di gruppo instabile nel clan di 48 animali. Anni prima, era il 2014, aveva indignato l’opinione pubblica l’uccisione, nello zoo di Copenaghen, del giraffino Marius, di soli 18 mesi, anche lui con l’unico torto di essere in sovrannumero rispetto alle esigenze dello zoo. Non mancò in quel caso l’ulteriore spregio di sezionarlo pubblicamente e darlo in pasto ai leoni, davanti ad un pubblico anche di bambini. L’aver parlato le autorità di intento educativo non può che lasciare basiti.

Stessa sorte per i più diseredati

Tantissimi sono gli animali che rimangono sotto le macerie insieme agli umani; quelli feriti che non hanno modo di essere curati, quelli che muoiono per mancanza di cibo, allo stesso modo di cani e gatti portati nei rifugi e lasciati anche loro lì a morire di fame e di sete.

Un’intervista contenuta nel libro inchiesta Ragazzi di zinco, di Svetlana Aleksievic, premio Nobel per la letteratura 2015, che ha ripercorso la guerra dei russi in Afghanistan (1979-1989) nel racconto dei reduci, riporta la testimonianza di un soldato che ricorda come gli animali non venissero risparmiati nemmeno dalle rappresaglie: come quando fermata una carovana che trasportava armi, gli uomini vennero messi da una parte, asini e muli dall’altra e tutti aspettarono la morte in silenzio. Fino a quando le urla di un asino ferito gli attraversano le orecchie e il cuore. Oppure il sogno che perseguita come un incubo un altro reduce che risente i lamentosi guaiti dei cani cerca-mine. Avevano anch’essi i loro morti e feriti. Erano distesi vicini, morti. Uomini senza gambe. Cani senza zampe.

Come se non bastasse la carneficina quotidiana, non mancano certo gli episodi di animali sottoposti ad angherie di ogni genere, o uccisi appositamente a fucilate o avvelenati nelle strade come spregio alla popolazione: è possibile che vengano volutamente colpiti rifugi, allevamenti, zoo, e stragi effettuate per pura crudeltà in spregio alla popolazione. La crudeltà che è tanto spesso la cifra del nostro rapporto con loro anche in tempo di pace, si amplifica a dismisura in territori bellici dove la violenza sembra essere l’unico possibile modello di relazione, e più che mai legittimata quando tutto intorno è caduta ogni remora morale. Poco da meravigliarsi per altro perché nel corso delle guerre si verifica un black out di tutti i freni morali, dal momento che la ripetizione continua della violenza scatena altre pulsioni oscure, che sfociano in episodi gratuiti contro chiunque, di solito umani, ma perché no anche animali.

La caccia e la guerra: cambiano le vittime, ma non sempre

Come si legge nel libro Il bravo soldato mulo, questa assuefazione alla violenza e alla crudeltà diventa a volte talmente pervasiva che, nei momenti più tranquilli, i soldati decidono di occupare il tempo nelle frequenti battute di caccia, come diversivo, in questo modo trasformando gli animali in ulteriori vittime dell’atmosfera bellica. Si leggono frasi tratte dai diari del tipo “la guerra è una grande avventura, una battuta di caccia in cui le prede, anziché le solite volpi o anatre, erano esseri umani” (pg. 19). ”Frequenti battute di caccia servivano ad occupare il tempo a scacciare la noia e ad arricchire la mensa”. Insomma, il clima di violenza che è la cifra di ogni guerra si espande a dismisura, crea assuefazione, tendenza alla ripetizione, crollo dei freni morali: se uccidere è quello che viene richiesto, lo si fa senza più alcuna remora.

E molto ci sarebbe da argomentare sul confine fragile che separa caccia e guerra, dando alla caccia il significato che le è proprio di attività sadica, fonte di piacere davanti alla sofferenza procurata, esercizio di predominio crudele, altro che attività sportiva, dal momento che è sorretta ed alimentata dal gusto di uccidere provocando prima terrore e poi estremo dolore. Il confine con l’uccisione degli umani è stabilito solo dalle norme sociali che in tempo di pace considerano l’uccisione di un umano attività penalmente perseguibile, quella di un animale un’attività lecita e addirittura piacevole. In tempi di guerra questo confine viene abbattuto. Recenti fatti di cronaca informano come, durante la guerra nella ex Yugoslavia, alcuni cacciatori italiani, stimati professionisti, si siano sentiti autorizzati ad uccidere non più animali, ma uomini, donne e perché no, bambini. Pagando il loro piacere secondo uno sconcio tariffario.

Qualcosa di positivo

In cerca di appigli a un’idea di umanità che è allo sbando, l’attenzione di molti si è concentrata in questi ultimi anni su qualche notizia rassicurante, fornita dai mass media: ha rincuorato per esempio sapere dell’impegno e dell’abnegazione di associazioni e volontari (un nome per tutti quello di Andrea Cisternino rimasto in Ucraina per non abbandonare il suo rifugio dove ospita ancora oggi centinaia di animali), che dall’inizio della guerra stanno facendo il possibile per prestare loro soccorso, cercando di fornire cibo e di curare i feriti, a rischio della propria stessa vita. E hanno emozionato i filmati di gente costretta a fuggire dall’Ucraina come da Gaza portando con sé il proprio cane o il proprio gatto. Testimonianza di una nuova visuale che include nel concetto di famiglia anche i nonumani che quindi finiscono per farne parte a tutti gli effetti:

Il fenomeno ha colpito l’opinione pubblica per la sua ampiezza, e perché, ci dicono gli storici, non se ne era avuta testimonianza nelle disperate occasioni di guerre precedenti. Certo, come fenomeno degno di considerazione è vero, ma se si va a ricercare nelle esperienze individuali si scopre che c’è qualcosa di antico al suo interno,c’è qualcuno che ha sperimentato in anteprima la disperazione dell’abbandono del proprio cane o del proprio gatto, quando ancora non era possibile parlarne perché si trattava di un amore non riconosciuto, a cui non concedere diritto di cittadinanza, di cui quasi vergognarsi nel teatro di assoluta oscenità bellica. Se ne trova una struggente testimonianza in un docufilm di pochi anni fa dal titolo più che emblematico, “Not a time for children”, Non è un tempo per bambini: una donna molto anziana in una Ukraina dalle immense sofferenze storiche, ripercorre tutte le atrocità viste nel corso della sua storia personale a partire dall’inizio della seconda guerra mondiale nel suo paese. Ma una disperazione incontenibile la invade nel momento in cui racconta della fuga della sua famiglia sui carri, mentre il loro cane Rex cercava faticosamente di seguirli correndo, e lei e il fratellino imploravano inutilmente il padre di portarlo con loro: lei vede Rex investito e ferito che piange sdraiandosi a morire ai lati della strada: dopo 70 anni e le tante ignominie viste e subite, mai più ha provato una disperazione altrettanto potente, un dolore così assoluto. Quello che oggi in molti cercano di fare, anche perché sorretti da una cultura, un senso comune che lo autorizza e lo apprezza, probabilmente è sempre esistito senza essere riconosciuto ed è stato forse appannaggio della fascia delle persone più inascoltate: i bambini, che, con la perdita drammatica del loro animale, hanno vissuto traumi di enorme impatto, per quanto non riconosciuti.

Ritornando all’attuale situazione delle guerre di cui sappiamo, questa è però solo una piccola parte della realtà: enorme è il numero degli animali che sono stati abbandonati da chi fuggiva e spaccano il cuore i video dei cani che si aggiravano nei pressi delle stazioni ferroviarie ucraine: restano probabilmente in attesa dei loro compagni, che dalla stazione sono partiti per chissà dove. Un po’ come aveva fatto il cane Hachico nella storia vera divenuta poi un film, interpretato da Richard Gere, cane che resta per anni fuori dalla stazione dove ha visto entrare per l’ultima volta il suo compagno umano.

Morte degli animali quali danni collaterali

Davvero scarsa attenzione si è dedicata alla morte di molte migliaia di delfini nel Mar Nero, a causa dei sonar militari utilizzati da navi e sommergibili russi, che danneggiano il loro udito: loro si disorientano, si schiantano contro le rocce, non riescono più a cercare cibo. È la loro morte, ma contestualmente la distruzione dell’intero ecosistema del Mar Nero.

È la modernizzazione delle guerre, che continua a servirsi degli animali come strumenti sacrificabili, modificandone i modi. Tanto per esemplificare, si continuano a usare i cani perché in grado di percepire gli IED (Improved Explosive Device), bombe artigiane usate per esempio nelle guerre cecene. Sono ancora i cani ad essere costretti a lanciarsi col paracadute da altezze di 5.000 metri, con buona pace delle loro caratteristiche etologiche. E vale la pena pensare al cane da guerra Cairo, un belga Malinois, l’unico nome ricordato e omaggiato dal presidente Obama alla base militare di Fort Campbell (6 maggio 2011) nel suo discorso di ringraziamento al commando degli 81 membri dell’unità segreta Seal Team Six, che uccise Osama Bin Laden.

Senza tutela

Di fatto, per quanto poco o, ahimè, per nulla applicata, per gli umani esiste la Convenzione di Ginevra che si occupa della protezione delle fasce deboli nel corso delle guerre, ma non contiene nessun riferimento al dovere della protezione dei nonumani, che non rientra nel DIU, Diritto Internazionale Umanitario. Ad oggi non esiste tutela alcuna nei loro confronti: si contano e talvolta si piangono le vittime umane, ma a quelle animali non viene dedicato interesse alcuno: chi saprebbe dire quanti maiali, quanti cani, gatti, vitelli, delfini, galline… sono morti fino ad oggi in Ucraina, a Gaza, in Libano…? Ma più semplicemente: quanti di noi si sono posti questa domanda? E ancora: a quanti interessa la risposta?

Se in tempo di pace un lungo percorso, nel mondo occidentale, ha portato a riconoscerli come esseri senzienti e la strada scientifica è aperta al loro riconoscimento quali esseri dotati di autoconsapevolezza, ogni progresso etico viene spazzato via in tempo di guerra, quando di loro si può fare e si fa di tutto. Muoiono senza essere citati né contati, sono trattati alla stregua di cose, non c’è spazio alcuno per il riconoscimento della loro smisurata sofferenza né gratitudine per l’aiuto che costantemente forniscono agli umani. Per loro non c’è spazio nelle cronache quotidiane, nei reportage. Sotto gli occhi di tutti è solo la sorte di alcuni che vengono ripresi in quanto la macchina da presa li inquadra vicino agli umani: è il caso per esempio degli asini di Gaza, che è impossibile non vedere nei servizi che mostrano le persone in fuga con le loro povere cose: è impossibile non vederli, ma possibilissimo non notarli. Sono lì, ridotti a sagome scheletriche e costretti a tirare carretti strapieni di gente e di cose: la loro sofferenza non è certo inferiore a quella delle persone, ma è disconosciuta, nonostante sia lì ad urlare un dolore non meno grave di quello degli umani. In questo vuoto percettivo è risultato fortemente apprezzabile il commento di Andrea Iacomini, portavoce di Unicef Italia (Skytg24; 31 luglio 2025) in un suo collegamento da Gaza. Raccontando le inenarrabili miserie umane, ha commentato dicendo anche “Gli asini, poverini, stanno morendo di fame anche loro come i bambini”: lui, persona da sempre impegnata in difesa dell’infanzia tradita, umiliata, offesa, in mezzo allo strazio di bambini, donne, anziani, è riuscito a vedere anche lo scempio e il dolore degli altri animali. E su di loro ha espresso uguale pena. Ha avuto il coraggio di dire ciò che chiunque, non obnubilato dalla cronica convinzione che solo noi umani contiamo, potrebbe e dovrebbe dire, perché l’empatia, per essere tale non può conoscere confini di specie. E invece la sua voce si è alzata in mezzo al silenzio tombale che avvolge la vita e la morte degli altri animali: nella devastazione bellica come approdo finale di comportamenti e convinzioni incistate nel quotidiano dei più.

Vale la pena ricordare che in Hyde Park, a Londra, esiste l’Animals in War Memorial, inaugurato nel 2004, quale omaggio ai milioni di animali impiegati nelle guerre combattute da britannici e alleati. L’iscrizione è They had no choice, Non ebbero scelta. Non è molto un monumento per ripagare delle tragedie a cui si riferisce ed è davvero troppo poco se il suo obiettivo è una sorta di tardivo riconoscimento lavacolpe. Ma la scritta è fondamentale nel sancire, al di là di ogni retorica, la nullificazione di ogni possibilità di scelta da parte degli animali, in guerra, ma anche in pace. L’unica possibilità resta sperare, pur al di là di ogni razionalità, nell’esistenza di un Paradiso ad hoc perché, dice un bambino napoletano nel libro cult Nessun porco è signorina, quando andranno in Cielo, Dio gli domanderà scusa di averli creati. Perché lanciarli in una vita di spasmodico insopprimibile dolore non può essere ascrivibile che ad imperdonabile leggerezza.

Il confronto vantaggioso

Nella grande rimozione delle vittime animali di ogni guerra entra in gioco prepotentemente un meccanismo difensivo ben conosciuto, quello del confronto vantaggioso, più noto con l’espressione di benaltrismo, che ci permette di esasperare tutte le forme di abuso sugli altri animali, che commettiamo senza neppure sentirci in colpa, di indignarci. Si confrontano situazioni oggettivamente gravi con altre considerate peggiori dal pensiero comune: il mantra è con tutto quello che succede, c’è ben altro di cui occuparsi. Quindi se gli umani vengono feriti, uccisi, deportati, torturati, sottoposti a violenze oscene, se i bambini vengono resi orfani, perdono gambe o braccia, se si lanciano bombe sulle scuole e gli ospedali di certo non è il momento di occuparsi degli animali. Insomma si traccia una gerarchia delle ingiustizie. Si tratta di un meccanismo pericoloso perché induce a compiere o a tollerare tantissime situazioni in cui il male viene inflitto senza neppure provare sensi di colpa: si sdoganano le peggio ingiustizie, senza opporvisi, inserendole nel registro delle cose poco importanti, bagatellare se confrontate a quelle cosmiche. Bisognerebbe finalmente riflettere che nessuna ingiustizia ne giustifica un’altra: nessuna crudeltà viene cancellata da un’altra, ma ad essa si somma rendendo il mondo un luogo ancora un po’ peggiore. Mondo, che, trasformato in un inferno per gli animali, dovrebbe essere una faccenda non da minimizzare né tanto meno ignorare, ma da farci interrogare a fondo sulla nostra stessa essenza e indurci ad affrontare alla radice il tema della violenza.

Poco da meravigliarsi dello stato delle cose, dal momento che gli animali nonumani sono le vittime predilette di questo meccanismo anche in tempi di pace: meccanismo a cui attinge a piene mani anche la politica sempre impegnata in compiti alti, che le consentono di non dovere neppure giustificazioni alla propria inerzia in materia di tutela animale.

Che fare quindi? Il contagio della violenza e del male

Inutile dire che non esistono ricette miracolose, perché l’unica soluzione possibile dovrebbe essere cercata all’interno di modificazioni che coinvolgano tutto il contesto culturale. Bisognerebbe prendere atto che la regolare violenza praticata sui nonumani, che è la cifra della nostra abituale relazione con loro anche in tempo di pace, è il primo grande tassello di quella cultura che, nelle sue forme più estreme, arriva a quella praticata nel corso delle guerre. Fortemente esplicative sono le parole dello psicologo canadese Steven Pinker, il quale in un mastodontico studio su questo argomento (Il declino della violenza) nella pagina di apertura scrive che, se vogliamo capire il perché della violenza, la dobbiamo studiare non a spot, quindi non solo nelle sue singole manifestazioni, ma nel suo percorso formativo. Dice testualmente dalle sculacciate ai bambini alle dichiarazioni di guerra tra le nazioni: vale a dire facendo inizio da quelle considerate in genere accettabili quando non addirittura raccomandabili. Correggerei l’affermazione mettendo all’origine, ancora prima delle sculacciate ai bambini, la violenza sui nonumani perché ancora più indifesi dal momento che non possono neppure contare sullo scudo protettivo delle leggi. Per altro era il 1884 quando George Angell, presidente della Massachussets Society for the Prevention of Cruelty to Animals, accusato di occuparsi troppo degli animali quando c’era tanto da fare per le persone, rispondeva categoricamente: Io lavoro alle radici. Alle radici del problema della violenza.

I grandi pacifisti

Questa tesi è collegabile al pensiero dei grandi pacifisti: Aldo Capitini (1899/1968), considerato il Gandhi italiano, arrivò a dire che è l’abitudine all’uccisione costante e senza tregua degli animali il brodo di cultura delle guerre. Decise perciò di diventare vegetariano nel 1932, mentre cominciavano a soffiare venti di guerra, nella convinzione dichiarata che, se si fosse imparato a non uccidere gli animali, a maggior ragione si sarebbe risparmiata l’uccisione di uomini.

Sulla stessa linea è la posizione di altri pacifisti, Gandhi, Toltstoj, Terzani, Marcucci, Scweitzer, convinti che il rifiuto della guerra, non nasce improvvisamente, ma si nutre di un atteggiamento solidale, non predatorio con tutti gli altri, umani e nonumani, e coinvolge tutti gli aspetti della vita individuale e sociale.

Modificare lo status della vittima

Se non siamo certo in grado di capire cosa fare per arginare le guerre, in buona compagnia nella nostra impotenza con le menti più geniali quali Albert Einstein, Sigmund Freud, Bertrand Russell, in questo contesto molto più modestamente possiamo provare a pensare a quello che è possibile fare almeno per intralciare l’immensa silenziosa vittimizzazione degli animali nonumani, soldati inconsapevoli e vittime dimenticate di ogni guerra. Il cuore del problema pulsa nella convinzione di essere noi padroni e signori di vita e di morte, autorizzati e addirittura richiesti di esercitare a nostro piacimento questo potere. Solo se e quando ci decideremo di restituire agli animali il loro posto nel mondo, accanto e non sotto di noi, si potrà ambire a ristabilire un equilibrio oggi fatto a pezzi, di cui è figlia tutta l’attuale situazione.

Situazione, ahimè, ancora ben sintetizzata in affermazioni lapidarie quali quella di Josè Saramago, premio Nobel per la letteratura 1998, che intitolando una sua autobiografia Questo mondo non va bene, auspica e invoca che ne venga un altro. E di uno scrittore come Jim Mason che intitola un suo sconvolgente libro Un mondo sbagliato. E si potrebbe continuare con Cesare Pavese che, per bocca di Nuto, personaggio del suo capolavoro La luna e i falò dice Il mondo è malfatto e bisogna rifarlo. Insomma: Mi fa male il mondo, per dirla con Giorgio Gaber

La situazione di questi ultimi anni sembra davvero negare ogni possibilità all’ottimismo, vista l’enormità dei cambiamenti che sarebbero necessari. Ma ogni singolo individuo ha il potere di fare la propria parte: scandalizzarci del trattamento degli animali in guerra non ha senso se continuiamo a fare di loro quello che facciamo in tempo di pace. Perché, con le parole di Louise Michel dai nostri tempi maledetti verrà il giorno in cui l’uomo cosciente e libero non torturerà più né il suo simile né le bestie. Per questa speranza vale la pena attraversare l’orrore della vita.

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