Traducción del italiano: Ana Catalina Valenzuela González
Publicación original, en Comune Info.
«Todo está relacionado, y nuestro rechazo a la violencia
de las sociedades organizadas y del hombre contra el hombre
debe extenderse a la del hombre contra la naturaleza,
del hombre contra las demás especies vivas» (Goffredo Fofi)
Hablar de la victimización de los animales en la guerra implica hablar de ellos como víctimas también en tiempos de paz y lleva a considerar cómo su situación es tan similar a la de los más desfavorecidos entre los humanos.
No hace falta explicitar la afirmación que considera a los animales víctimas también en tiempos de paz, víctimas de la violencia desmesurada que es la constante de nuestra interacción con ellos, ya que, frente a los muy pocos a los que cuidamos con amor, hay cientos de miles de millones a los que atormentamos incluso en tiempos de paz: los matamos, los comemos, los diseccionamos vivos, los encarcelamos, los cazamos, los pescamos, los sometemos, los extinguimos.
En este panorama devastador, no es de extrañar que su situación empeore en tiempos de guerra, cuando la más inhumana de todas las actividades humanas celebra la apoteosis de nuestra violencia potencial contra todo y contra todos, dando rienda suelta incluso a los comportamientos más inaceptables que, de vergonzosos que eran, pasan a ser lícitos o incluso objeto de elogio.
Hoy en día, el tema es más relevante que nunca en nuestras mentes, dada la frecuencia con la que nos llegan noticias desde Ucrania, Gaza, Irán, Líbano… Lugares que no son más que la punta del iceberg de una violencia institucionalizada, ya que el ACLED (Armed Conflict Location & Event Data Project, una ONG dedicada a monitorizar la evolución de los conflictos) nos informa que, en todo el mundo, hay actualmente unos 60 conflictos activos en lugares de los que a menudo sabemos poco o nada, y de los que a veces nos cuesta incluso localizarlos en el mapa. Si la amplitud geográfica asusta, tampoco consuela, desde luego, su extensión temporal, ya que las guerras han sido una constante en nuestra historia, que solo ha conocido 29 años (¡no consecutivos!) de paz, según las reconstrucciones de Chris Hedges recogidas en su libro El oscuro encanto de la guerra, título que, por cierto, resulta sumamente evocador a la hora de recordar la atracción que la guerra ha seguido ejerciendo a lo largo de los milenios sobre nuestra especie, única entre todas las demás. O al menos, considerada como tal hasta hace no mucho tiempo, cuando Jane Goodall, primatóloga que había dedicado su vida a estudiar a los chimpancés en su hábitat natural de Tanzania, comenzó a percibir con asombro y dolor que también entre ellos se producían dinámicas destructivas asimilables a las bélicas, una intuición recientemente retomada y confirmada por los etólogos. Los chimpancés, casualmente, son la especie más cercana a nosotros que ninguna otra, ya que compartimos el 98,8 % de las secuencias de ADN.
Más allá de toda retórica que ensalza (de mala fe) el valor, la virilidad y diversos actos heroicos, toda guerra es un escenario inagotable de muerte, destrucción, dolores indescriptibles y desastres tanto físicos como psíquicos. Incluso los soldados, que son los llamados —pero a menudo obligados— a ser sus protagonistas y los ejecutores materiales de los peores crímenes, son muy a menudo víctimas además de verdugos, incapaces de escapar y obligados a convertirse en lo que nunca habrían querido ni imaginado, a mil millas de distancia del deseo de luchar e infligir un dolor similar al que ellos mismos sufren, ansiosos únicamente por volver al lugar donde se sienten amados, a la vida de siempre, a las pequeñas costumbres de antaño que ahora se han convertido en un sueño.
También los animales no humanos sufren un dolor indescriptible, una desorientación absoluta y un terror generalizado: desde siempre han sido soldados reclutados sin saberlo, destinados a convertirse en víctimas desconocidas y de las que nunca se echará de menos.
Por el contrario, es una especie de obligación moral intentar darles la visibilidad que les corresponde; ocuparnos de ellos se convierte también en un observatorio privilegiado de nuestra relación con ellos, de nuestra necesidad de su presencia y, al mismo tiempo, de la abismal asimetría de esta relación.
Soldados inconscientes
Los animales son reclutados a la fuerza en las guerras que, en cambio, deberían ser un asunto exclusivamente nuestro: hay una reciente declaración del primer ministro británico Starmer quien, refiriéndose a la voluntad de no intervenir en la situación del Golfo, sentenció: «No es nuestra guerra», frase que se ha convertido en una especie de mantra repetido por las naciones que no tienen intención de entrar en conflictos que consideran ajenos a sus intereses. He aquí la cuestión: cualquier animal no humano, reclutado a su pesar, si tuviera palabras para expresarlo, tendría derecho a declarar lo mismo: no es nuestra guerra. Por desgracia, nos conviene seguir haciendo caso omiso de la forma en que nos lo comunican.
Sin embargo, entre los muchos episodios, hay uno que nadie ignora: se trata de Aníbal, quien en el siglo III a. C. cruzó los Alpes con elefantes, una hazaña que ha pasado a formar parte de todos los libros de texto desde primaria gracias al colorido con que se narraba, contada como una gran aventura, sin que se planteara ninguna crítica ni duda sobre aquello a lo que se obligaba a los elefantes: ellos, seres absolutamente gregarios, acostumbrados a una intensa vida social con fuertes lazos afectivos, habían sido capturados en África, en sus territorios naturales, esclavizados y obligados a un viaje de miles de kilómetros hasta el frío de los Alpes. Ahora sabemos que, de los 37 animales con los que Aníbal partió, solo uno sobrevivió un año antes de morir: todos los demás sucumbieron durante el primer invierno a causa del hambre, el frío y las heridas, obligados a recorrer un camino fatal. Pero de todo esto no se hablaba en los libros, y la historia de Aníbal cruzando los Alpes con los elefantes se ha planteado como un relato mitificado sobre las hazañas del caudillo cartaginés. Una gran oportunidad perdida para sensibilizar a los más jóvenes sobre la terrible injusticia que se comete contra esa maravilla de la naturaleza que son los elefantes y para movilizar reacciones de indignada empatía.
La historia de los elefantes-soldados es una de las más crueles, ya que en numerosas ocasiones ha ido acompañada de comportamientos de un cinismo inconcebible, como el de los cerdos a los que se prendía fuego porque sus gritos de dolor, inhumanos, asustaban tanto a los paquidermos que les provocaban la huida.
Por desgracia, al igual que los soldados que no pueden elegir, los animales llevan al menos 45 siglos viéndose obligados a participar en operaciones bélicas: al menos 45 siglos porque sabemos, por ejemplo, que los asirios ya utilizaban caballos desde el año 2000 a. C. Desde entonces, ninguna guerra parece haber respetado a ninguna especie animal.
Los caballos, en particular, han estado omnipresentes en los campos de batalla desde los siglos antes de Cristo, pasando por la Edad Media y la Edad Moderna, hasta las guerras mundiales del siglo XX. Una amplia filmografía nos los ha mostrado sumidos en un estado de terror absoluto frente al ejército enemigo (enemigo de sus amos humanos, desde luego no de ellos) en terribles combates cuerpo a cuerpo, entre relinchos aterradores; los hemos visto desplomarse heridos con las entrañas saliéndoles del abdomen, abandonados a morir en el suelo sin el más mínimo consuelo. Y su presencia, tan omnipresente, ha acabado normalizándose; sus relinchos asustados, música de fondo de cada batalla, nunca han sido objeto de críticas. Los recientes sucesos de Roma, cuando, durante los preparativos de la Fiesta de la República, los fuegos artificiales lanzados imprudentemente por un carabinero los aterrorizaron hasta el punto de hacerlos huir en medio del tráfico urbano, nos dicen mucho de lo que debieron de haber sentido en medio del estruendo ensordecedor de batallas aterradoras: un veterinario explicó que se trata de animales extremadamente sensibles a los ruidos. No hay nada más que añadir.
No hay nada más que añadir, salvo que nuestras ciudades albergan, con orgullo, varios cientos de monumentos ecuestres, que constituyen un himno a los caballeros armados —y, por tanto, a la guerra— y, al mismo tiempo, celebran la sumisión de los caballos, que aparecen en la representación como nada más que una especie de accesorio, de heroica belleza, para el caudillo de turno.
Junto a ellos se utilizaron muchas otras especies animales: perros, mulos, palomas mensajeras, camellos y elefantes fuera de Europa, cada una de ellas aprovechada por sus propias características. Basta decir que durante la Primera Guerra Mundial se utilizaron y murieron al menos 11 millones de équidos, caballos y mulos, explotados hasta el agotamiento para transportar víveres, ametralladoras y todo tipo de material bélico, y que, al final, fueron sacrificados y consumidos. Por su parte, al menos 200,000 palomas fueron utilizadas para llevar mensajes, aprovechando sus enormes habilidades como «viajeras» y acabando, en muchos casos, alcanzadas por el fuego «enemigo».
Ni siquiera los perros se libraron: tanto en la Primera como en la Segunda Guerra Mundial fueron reclutados a la fuerza, capturados —o quizá sería mejor decir «sustraídos»— de todas partes, hasta tal punto que se hablaba de un servicio militar obligatorio para emplearlos en el transporte de heridos, adiestrados para buscar a los muertos y para transportar enseres diversos. Pero, muy a menudo, se les convertía en bombas vivientes: atados a cargas explosivas, se les empujaba contra las alambradas, donde se les hacía explotar. En la Segunda Guerra Mundial, adiestrados para recibir comida únicamente bajo los vehículos blindados, se les dejaba en ayunas para que, hambrientos, estuvieran listos para meterse bajo los vehículos blindados enemigos y allí se les hiciera explotar. En lo que parece un desprecio extremo, se les llamaba «perros suicidas», a pesar de que, sin duda, en su comportamiento no había ninguna intención suicida, sino solo el impulso de obedecer las órdenes, sin ser conscientes del final al que estaban destinados. Y un pensamiento doloroso va dirigido a los niños y niñas a quienes, según hemos sabido recientemente, se les ha infligido un destino similar en Irán, Nigeria, Irak y Afganistán: se les llamaba «mártires», atribuyéndoles también una intención autodestructiva, casi como si fueran portadores de una elección consciente de autoinmolación; en realidad, víctimas de la oscuridad de la razón, que ensombrece dramáticamente la ética de nuestros tiempos.
Los «perros suicidas» y los «niños mártires» son mistificaciones lingüísticas que sirven a los mandantes para eximirse de responsabilidad: y son ejemplos aterradores de cómo los más frágiles y débiles, humanos y no humanos, son las víctimas elegidas para las acciones más devastadoras. Sin olvidar a los soldados de primera línea, obligados a lanzarse hacia una muerte segura: al fin y al cabo, siempre habrá una medalla, entregada a la familia al son conmovedor del himno nacional, para certificar como valor y sacrificio la trampa mortal en la que tuvieron que abandonar su joven vida.
Amistades interespecíficas desequilibradas
En todo esto hay que destacar un fenómeno particular, atestiguado por fotografías y diarios que datan sobre todo de la Primera Guerra Mundial, una guerra de trincheras, por lo tanto sedentaria. Se trata del papel de amistad que muchos animales —perros, caballos, mulos— acabaron desempeñando, un papel de suma importancia para los soldados que vivían una situación de extrema dramatismo, miedo, soledad y lejanía de sus seres queridos. Los animales eran capaces de despertar sentimientos de ternura, muy valiosos en medio de la carnicería, donde parecía haberse perdido hasta la más mínima pizca de humanidad y era la animalidad la que la recuperaba: en definitiva, presencias vitales también en términos de apoyo emocional, capaces de crear fuertes vínculos en una especie de hermandad interespecífica. La presencia de un animal, al que dedicar afecto y cuidados, actuaba como antídoto contra la desesperación y el miedo, y devolvía a los soldados el sentido de su propia humanidad, que había sobrevivido a pesar del embrutecimiento cotidiano. Los soldados percibían la enorme distancia entre la inocencia de los animales y la crueldad de los hombres; y esta conciencia les permitía dejar aflorar a veces, frente a los no humanos, esa afectividad y esas emociones que el miedo a mostrar su propia fragilidad les impedía manifestar ante otros hombres. Los diarios que han llegado hasta nosotros hablan, por ejemplo, del dolor de un oficial por la muerte de una perrita, un dolor que afloraba con mayor facilidad que la angustia por la muerte colectiva de los hombres. O de quien afirmaba que no había nada que conmoviera tanto el corazón como la visión de un animal moribundo o mortalmente herido: algo verdaderamente desgarrador si se piensa que esta sensibilidad encontraba la manera de aflorar desde lo más profundo en medio de las peores matanzas humanas. Se trataba, en realidad, de una forma de duelo por la muerte de un animal propio, a la que solo hoy, un siglo después, por fin se empieza a reconocer su lugar en la sociedad.
Una bonita fábula, sin duda, pero sin final feliz: al término de la Primera Guerra Mundial, por ejemplo, varios cientos de perros fueron abandonados en el Adamello, en el momento de la dispersión del ejército. No solo abandonados, sino que incluso los dejaron atados a la cadena y, por lo tanto, condenados a una muerte lenta y atroz. Sería bonito poder pensar que se trató de un hecho aislado, pero, en realidad, la misma dinámica de abandono ya había tenido lugar en Libia en 1912: los perros fueron abandonados en suelo africano cuando los soldados italianos se marcharon, y su destino sólo podemos imaginarlo. Y no es algo que se pueda relegar a un pasado lejano que hay que olvidar, ya que, en los años 70, fueron las tropas estadounidenses las que abandonaron en Vietnam a los 5,000 perros utilizados durante la guerra.
Ciertamente: se trata de comportamientos que hay que contextualizar teniendo en cuenta la gravedad de los momentos, pero que, en cualquier caso, son reveladores del total desprecio que se atribuía a los animales: lo que se estaba haciendo era lícito, no conllevaba el riesgo de ninguna sanción, ni siquiera moral, salvo, cabe imaginar, el sentimiento de culpa de al menos algunos soldados. Sin duda, el vínculo había sido fuerte, pero su fuerza nunca prevaleció sobre el deber de obedecer a las órdenes superiores ni, mucho menos, sobre la desesperación por huir.
Cifras estimadas aterradoras
A los animales, antes y durante las guerras, se les han infligido también tratos verdaderamente inconcebibles, entre los que cabe recordar el conocido como el «holocausto de las animales domésticos» de 1939: en los días posteriores a la declaración de guerra, en una Gran Bretaña en la que el cariño por las animales domésticos ya estaba muy extendido, hasta el punto de que existían clínicas veterinarias y tiendas para su aseo, se sacrificaron alrededor de 750,000 animales denominados «de compañía», sobre todo perros y gatos: el Gobierno había difundido, no órdenes, sino recomendaciones del tipo de que, si no se podían evacuar los animales, era mejor sacrificarlos, ya que sufrirían por falta de comida o a causa de los bombardeos. Fueron muchísimas las personas que acataron la petición, hasta tal punto que se formaron largas colas frente a las clínicas veterinarias a las que se llevaba a los animales para ser sacrificados. Se trató de una reacción masiva dictada por el miedo, por la fuerza de la propaganda y por las condiciones de la guerra, que no dejó de provocar sentimientos de culpa y vergüenza.
Algo similar, en cierto modo aún más trágico, tuvo lugar en Tokio en 1943, cuando el Gobierno japonés ordenó a la población (esta vez no se trató de un consejo, sino de una orden) que matara a todos los animales domésticos, ya fuera haciéndolo personalmente o entregándolos a las autoridades: la medida se justificó por la escasez de alimentos y el peligro que podían suponer los animales asustados por los bombardeos. Fue un acontecimiento muy impopular y traumático, en el que subyacía un clima de sacrificio, el llamamiento de las autoridades a la necesidad de que, en tiempos de guerra, todos estuvieran dispuestos a pagar un precio personal, ya fueran humanos o no humanos. Más allá de la crudeza de la decisión, no se puede dejar de subrayar la brecha entre la habitual desvalorización de los animales y su falta de derechos, y la repentina equiparación con los humanos a la hora de hacerles pagar por culpas no cometidas, atribuyéndoles una ética que normalmente se les niega.
Los zoológicos: entornos de un peligro específico
Y luego están los zoológicos, que merecen un análisis aparte porque constituyen una realidad aparte. Si en el pasado estaban poblados por animales exóticos, orgullosos botines de guerra, motivo de orgullo de los vencedores, de cuya supremacía daban testimonio, también en la actualidad celebran el dominio del ser humano sobre todas las demás especies, enjaulados o recluidos como están. Al estallar las guerras, cuando escasea la comida y se hace real el peligro de que los animales, enloquecidos por el miedo, se escapen y aterroricen a la población, el orgullo de exhibirlos da paso rápidamente a soluciones mucho más pragmáticas: evacuar a los pocos que sea posible evacuar, reclutar a algunos (por ejemplo, elefantes) y matar a todos los demás, a menudo para convertirlos luego en alimento.
Son muchos los lugares donde la historia se ha repetido: por ejemplo, el zoológico de Berlín, donde solo se salvaron 91 de los 3,000 animales que allí estaban encerrados durante la Segunda Guerra Mundial. O el de Varsovia, que se hizo famoso gracias a una película de 2017, «La señora del zoológico de Varsovia».
Pero en un pequeño libro casi desconocido, con un título cautivador, Esta vida, sin embargo, me pesa mucho, de Edoardo Franzosini, que describe la masacre planificada y metódica llevada a cabo en el zoológico belga de Amberes en agosto de 1914, ordenada por las autoridades, que dictaminaron que todos los animales del zoológico debían ser sacrificados en un plazo de 48 horas. Los osos ya habían sido eliminados porque su corpulencia, tan interesante en otros momentos, se había convertido en un estorbo. A continuación, la «aterradora tarea», como la llama Franzosini, se confía a la eficiencia de un pelotón de ejecución de 50 hombres, armados con fusiles Mauser de repetición con bayoneta acoplada. Se empieza por las aves, que, al ver a los soldados, graznan como locas y se estrellan contra las redes de las jaulas. El aire se llena de disparos, pero también de los gritos inútiles de las aves, del ruido de sus picos contra las redes de las jaulas, sin que haya escapatoria para nadie. Luego le toca el turno al elefante, de cuya muerte se encargan diez soldados dispuestos en dos filas: los de delante arrodillados y los de atrás de pie, porque él, pobrecito, no consigue morir. Y se sigue con todos los demás, utilizando para las antílopes solo la bayoneta, porque con ellas es fácil. Franzosini no nos ahorra la agonía de muchas horas del rinoceronte y, finalmente, la sórdida historia concluye con los monos, dejados para el final, tal vez porque su parecido con los humanos no facilita la tarea. La matanza, llevada a cabo con precisión, resulta ser una especie de anticipo de la que continuará durante años en las trincheras, donde millones de seres humanos no tendrán escapatoria.
Si bien se trata de un relato del pasado, es fácilmente aplicable al presente con solo modificar las coordenadas geográficas, para llegar, por ejemplo, al zoológico de Bagdad, en Irak, donde de los 700 animales solo sobrevivieron unas pocas decenas, a las que se dedicó un gran esfuerzo para curarlas de los traumas sufridos.
Como es bien sabido, la historia enseña, pero los estudiantes no aprenden: una vez terminada la tragedia con la terrible muerte de todos los animales, a nadie se le pasó por la cabeza que los zoológicos debían cerrarse por ser lugares de cautiverio e injusticia, a punto de estallar en momentos de dificultad. Es más: aún hoy las noticias resuenan con situaciones que rozan lo grotesco: precisamente el pasado mes de marzo, se sacrificaron 10 babuinos en el zoológico de Zúrich, porque se consideró que su número era demasiado elevado en relación con el resto de su especie y, por lo tanto, capaz de desencadenar una dinámica de grupo inestable en la manada de 48 animales. Años antes, en 2014, la opinión pública se indignó por la matanza, en el zoológico de Copenhague, del pequeño jirafa Marius, de solo 18 meses, cuyo único «delito» era ser un animal de más respecto a las necesidades del zoológico. En aquel caso, no faltó el desprecio adicional de diseccionarlo públicamente y dárselo de comer a los leones, ante un público entre el que también había niños. Que las autoridades hablaran de un propósito educativo no puede sino dejarnos atónitos.
La misma suerte corren los más desamparados
Son muchísimos los animales que quedan bajo los escombros junto a los humanos; los heridos que no tienen forma de ser atendidos, los que mueren por falta de comida, al igual que los perros y gatos llevados a los refugios y abandonados allí para que mueran de hambre y sed.
Una entrevista incluida en el libro de investigación Niños de zinc, de Svetlana Aleksievich, Premio Nobel de Literatura en 2015, que repasa la guerra de los rusos en Afganistán (1979-1989) a través de los relatos de los veteranos, recoge el testimonio de un soldado que recuerda cómo los animales tampoco se libraban de las represalias: como cuando, tras detener una caravana que transportaba armas, se separó a los hombres por un lado y a los asnos y mulos por otro, y todos esperaron la muerte en silencio. Hasta que los gritos de un asno herido le atravesaron los oídos y el corazón. O el sueño que persigue como una pesadilla a otro veterano que vuelve a oír los lamentos de los perros detectores de minas. También ellos tenían sus muertos y heridos. Yacían cerca unos de otros, muertos. Hombres sin piernas. Perros sin patas.
Por si no bastara con la carnicería diaria, no faltan, desde luego, los episodios de animales sometidos a todo tipo de maltratos, o asesinados a propósito a tiros o envenenados en las calles como desprecio hacia la población: es posible que se ataquen deliberadamente refugios, granjas, zoológicos, y que se lleven a cabo matanzas por pura crueldad, en desprecio hacia la población. La crueldad, que tan a menudo caracteriza nuestra relación con ellos incluso en tiempos de paz, se amplifica desmesuradamente en los territorios en guerra, donde la violencia parece ser el único modelo de relación posible y se legitima más que nunca cuando a nuestro alrededor se han desvanecido todos los escrúpulos morales. No es de extrañar, por otra parte, ya que durante las guerras se produce un colapso total de todos los frenos morales, dado que la repetición continua de la violencia desata otros impulsos oscuros, que desembocan en actos gratuitos contra cualquiera, normalmente seres humanos, pero ¿por qué no? también animales.
La caza y la guerra: cambian las víctimas, pero no siempre
Como se lee en el libro El buen soldado mulo, esta habituación a la violencia y a la crueldad se vuelve a veces tan generalizada que, en los momentos más tranquilos, los soldados deciden ocupar el tiempo en frecuentes partidas de caza, a modo de distracción, convirtiendo así a los animales en nuevas víctimas del ambiente bélico. En los diarios se leen frases del tipo «la guerra es una gran aventura, una partida de caza en la que las presas, en lugar de las habituales zorras o patos, eran seres humanos» (pág. 19). «Las frecuentes partidas de caza servían para pasar el tiempo, ahuyentar el aburrimiento y enriquecer la mesa». En definitiva, el clima de violencia que caracteriza a toda guerra se expande desmesuradamente, crea adicción, tendencia a la repetición y el colapso de los frenos morales: si matar es lo que se exige, se hace sin ningún tipo de reparo.
Y habría mucho que argumentar sobre la frágil frontera que separa la caza de la guerra, otorgando a la caza el significado que le es propio como actividad sádica, fuente de placer ante el sufrimiento infligido, ejercicio de dominio cruel, algo muy distinto de una actividad deportiva, ya que se sustenta y se alimenta del gusto por matar provocando primero terror y luego dolor extremo. La frontera con el asesinato de seres humanos viene establecida únicamente por las normas sociales que, en tiempos de paz, consideran que matar a un ser humano es un acto penalmente punible, mientras que matar a un animal es una actividad lícita e incluso placentera. En tiempos de guerra, esta frontera se derrumba. Hechos recientes de actualidad informan de cómo, durante la guerra en la Ex Yugoslavia, algunos cazadores italianos, profesionales de prestigio, se sintieron autorizados a matar ya no a animales, sino a hombres, mujeres y, ¿por qué no?, niños. Pagando por su placer, según una lista de precios obscena.
Algo positivo
En busca de un punto de apoyo a una idea de humanidad que se encuentra a la deriva, la atención de muchos se ha centrado en estos últimos años en algunas noticias tranquilizadoras, difundidas por los medios de comunicación: por ejemplo, ha sido reconfortante conocer el compromiso y la abnegación de asociaciones y voluntarios (un nombre que destaca entre todos es el de Andrea Cisternino, que se quedó en Ucrania para no abandonar su refugio, donde aún hoy acoge a cientos de animales), que desde el inicio de la guerra están haciendo todo lo posible por prestarles socorro, tratando de proporcionarles comida y curar a los heridos, arriesgando sus propias vidas. Y han conmovido las imágenes de personas obligadas a huir de Ucrania, al igual que de Gaza, llevándose consigo a su perro o a su gato. Un testimonio de una nueva perspectiva que incluye en el concepto de familia también a los no humanos, que, por lo tanto, acaban formando parte de ella a todos los efectos:
El fenómeno ha impactado a la opinión pública por su magnitud y porque, según nos dicen los historiadores, no se había registrado nada parecido en las situaciones desesperadas de guerras anteriores. Ciertamente, como fenómeno digno de consideración es cierto, pero si se indaga en las experiencias individuales, se descubre que hay algo antiguo en su interior, hay quien ya había experimentado de antemano la desesperación que supone el abandono de su perro o su gato, cuando aún no era posible hablar de ello porque se trataba de un amor no reconocido, al que no se le concedía derecho a la ciudadanía, del que casi había que avergonzarse en el escenario de la absoluta obscenidad bélica. Se encuentra un testimonio desgarrador de ello en un documental de hace unos años con un título más que emblemático, «Not a time for children» (No es tiempo para niños): una mujer muy anciana, en una Ucrania marcada por inmensos sufrimientos históricos, repasa todas las atrocidades que ha presenciado a lo largo de su historia personal, desde el inicio de la Segunda Guerra Mundial en su país. Pero una desesperación incontenible la invade en el momento en que cuenta la huida de su familia en los vagones, mientras su perro Rex intentaba seguirles corriendo con gran esfuerzo, y ella y su hermano pequeño suplicaban en vano a su padre que lo llevara con ellos: ve a Rex atropellado y herido, llorando mientras yace moribundo a un lado de la carretera: tras 70 años y tantas ignominias vistas y sufridas, nunca más ha vuelto a sentir una desesperación tan poderosa, un dolor tan absoluto.
Lo que hoy en día muchos intentan hacer, en parte porque cuentan con el respaldo de una cultura y un sentido común que lo autorizan y lo valoran, probablemente siempre ha existido sin ser reconocido y tal vez haya sido prerrogativa del colectivo de personas a las que menos se escucha: los niños, quienes, con la dramática pérdida de su animal de compañía, han sufrido traumas de enorme impacto, por muy poco reconocidos que sean.
Volviendo a la situación actual de las guerras que conocemos, esto no es más que una pequeña parte de la realidad: es enorme el número de animales que han sido abandonados por quienes huían, y son desgarradores los videos de los perros que deambulaban por las inmediaciones de las estaciones de tren ucranianas: probablemente siguen esperando a sus compañeros, que partieron de la estación hacia quién sabe dónde. Algo parecido a lo que hizo el perro Hachico en la historia real que luego se convirtió en una película, interpretada por Richard Gere, un perro que permaneció durante años frente a la estación donde vio entrar por última vez a su compañero humano.
La muerte de los animales como daños colaterales
Se ha prestado muy poca atención a la muerte de muchos miles de delfines en el mar Negro, a causa de los sonares militares utilizados por buques y submarinos rusos, que dañan su audición: se desorientan, se estrellan contra las rocas y ya no pueden buscar alimento. Es su muerte, pero al mismo tiempo la destrucción de todo el ecosistema del mar Negro.
Es la modernización de las guerras, que sigue utilizando a los animales como instrumentos sacrificables, modificando sus métodos. A modo de ejemplo, se siguen utilizando perros porque son capaces de detectar los IED (Improved Explosive Device), artefactos explosivos improvisados utilizados, por ejemplo, en las guerras de Chechenia. Siguen siendo los perros los que se ven obligados a lanzarse en paracaídas desde alturas de 5,000 metros, sin tener en cuenta sus características etológicas. Y merece la pena recordar al perro de guerra Cairo, un malinois belga, el único nombre que mencionó y homenajeó el presidente Obama en la base militar de Fort Campbell (6 de mayo de 2011) en su discurso de agradecimiento al comando de los 81 miembros de la unidad secreta Seal Team Six, que acabó con la vida de Osama Bin Laden.
Sin protección
De hecho, por muy poco o, por desgracia por nada que se aplique, para los humanos existe la Convención de Ginebra, que se ocupa de la protección de los grupos vulnerables durante las guerras, pero no contiene ninguna referencia al deber de proteger a los no humanos, algo que no entra dentro del DIU, el Derecho Internacional Humanitario. A día de hoy no existe protección alguna para ellos: se cuentan y, a veces, se lamentan las víctimas humanas, pero a las animales no se les dedica ningún interés: ¿quién sabría decir cuántos cerdos, cuántos perros, gatos, terneros, delfines, gallinas… han muerto hasta la fecha en Ucrania, en Gaza, en el Líbano…? Pero, más sencillamente: ¿cuántos de nosotros nos hemos planteado esta pregunta? Y además: ¿a cuántos les importa la respuesta?
Si en tiempos de paz un largo proceso, en el mundo occidental, ha llevado a reconocerlos como seres sensibles y el camino científico está abierto a su reconocimiento como seres dotados de autoconciencia, todo progreso ético se ve arrasado en tiempos de guerra, cuando se les puede hacer —y se les hace— de todo. Mueren sin que se les mencione ni se les cuente, se les trata como si fueran objetos, no hay lugar alguno para el reconocimiento de su inmenso sufrimiento ni para la gratitud por la ayuda que prestan constantemente a los humanos. Para ellos no hay espacio en las crónicas diarias, en los reportajes. A la vista de todos está solo el destino de algunos que aparecen en las imágenes porque la cámara los enfoca junto a los humanos: es el caso, por ejemplo, de los burros de Gaza, a los que es imposible no ver en los reportajes que muestran a las personas huyendo con sus escasas pertenencias: es imposible no verlos, pero muy posible no fijarse en ellos. Están ahí, reducidos a siluetas esqueléticas y obligados a tirar de carretillas repletas de gente y de cosas: su sufrimiento no es, sin duda, menor que el de las personas, pero pasa desapercibido, a pesar de estar ahí gritando un dolor no menos grave que el de los humanos. En este vacío perceptivo, resultó muy apreciable el comentario de Andrea Lacomini, portavoz de Unicef Italia (Skytg24; 31 de julio de 2025), en una de sus conexiones desde Gaza. Al relatar las indescriptibles miserias humanas, comentó diciendo también: «Los burros, pobrecitos, también se están muriendo de hambre, igual que los niños»: él, una persona que siempre se ha comprometido con la defensa de la infancia traicionada, humillada y ofendida, en medio del sufrimiento de niños, mujeres y ancianos, fue capaz de ver también la devastación y el dolor de los demás animales. Y hacia ellos expresó el mismo dolor. Tuvo el valor de decir lo que cualquiera, si no estuviera cegado por la creencia crónica de que solo nosotros, los humanos, contamos, podría y debería decir, porque la empatía, para ser tal, no puede conocer fronteras entre especies. Y, sin embargo, su voz se alzó en medio del silencio sepulcral que envuelve la vida y la muerte de los demás animales: en la devastación de la guerra como destino final de comportamientos y convicciones arraigadas en la vida cotidiana de la mayoría.
Vale la pena recordar que en Hyde Park, en Londres, se encuentra el Animals in War Memorial, inaugurado en 2004, como homenaje a los millones de animales empleados en las guerras libradas por los británicos y sus aliados. La inscripción reza: «They had no choice» (No tuvieron elección). No es precisamente un monumento que compense las tragedias a las que alude y resulta realmente insuficiente si su objetivo es una especie de reconocimiento tardío para lavar culpas. Pero la inscripción es fundamental para consagrar, más allá de toda retórica, la anulación de toda posibilidad de elección por parte de los animales, tanto en la guerra como en la paz. La única posibilidad que queda es esperar, aunque más allá de toda racionalidad, en la existencia de un Paraíso ad hoc porque, como dice un niño napolitano en el libro de culto Nessun porco è signorina (Ningún puerco es una dama), cuando vayan al Cielo, Dios les pedirá perdón por haberlos creado. Porque lanzarlos a una vida de dolor espasmódico e insuprimible solo puede atribuirse a una ligereza imperdonable.
La comparación ventajosa
En el gran olvido de las víctimas animales de cualquier guerra entra en juego con fuerza un mecanismo defensivo bien conocido, el de la comparación ventajosa, más conocido con la expresión «benaltrismo», que nos permite exagerar todas las formas de maltrato hacia otros animales —que cometemos sin siquiera sentirnos culpables— e indignarnos. Se comparan situaciones objetivamente graves con otras consideradas peores por el pensamiento común: el mantra es que, con todo lo que está pasando, hay cosas mucho más importantes de las que ocuparse. Así pues, si los seres humanos resultan heridos, asesinados, deportados, torturados, sometidos a violencias atroces; si los niños quedan huérfanos, pierden piernas o brazos; si se lanzan bombas sobre colegios y hospitales, desde luego no es el momento de ocuparse de los animales. En definitiva, se establece una jerarquía de las injusticias. Se trata de un mecanismo peligroso porque lleva a cometer o tolerar muchísimas situaciones en las que se inflige el mal sin sentir siquiera culpa alguna: se aceptan las peores injusticias, sin oponerse a ellas, incluyéndolas en la lista de cosas poco importantes, insignificantes si se comparan con las de alcance cósmico. Habría que reflexionar, de una vez por todas, en que ninguna injusticia justifica a otra: ninguna crueldad se ve borrada por otra, sino que se suma a ella, haciendo del mundo un lugar aún un poco peor. Un mundo que, convertido en un infierno para los animales, no debería ser un asunto que se pueda minimizar ni, mucho menos, ignorar, sino que debería llevarnos a cuestionarnos en profundidad nuestra propia esencia y a abordar de raíz el tema de la violencia.
No es de extrañar el estado de las cosas, ya que los animales no humanos son las víctimas predilectas de este mecanismo incluso en tiempos de paz: un mecanismo del que también se sirve con generosidad la política, siempre ocupada en tareas nobles, lo que le permite ni siquiera tener que dar explicaciones por su inercia en materia de protección animal.
¿Qué hacer, pues? El contagio de la violencia y del mal
Huelga decir que no existen recetas milagrosas, porque la única solución posible debería buscarse en cambios que abarquen todo el contexto cultural. Habría que reconocer que la violencia habitual ejercida sobre los no humanos, que es el sello distintivo de nuestra relación habitual con ellos incluso en tiempos de paz, es la primera gran pieza de esa cultura que, en sus formas más extremas, llega a la que se practica durante las guerras. Son muy esclarecedoras las palabras del psicólogo canadiense Steven Pinker, quien, en un estudio monumental sobre este tema (El declive de la violencia), escribe en la primera página que, si queremos comprender el porqué de la violencia, debemos estudiarla de forma integral, es decir, no solo en sus manifestaciones aisladas, sino en su proceso de formación. Dice textualmente: «desde los azotes a los niños hasta las declaraciones de guerra entre naciones»; es decir, partiendo de aquellas que generalmente se consideran aceptables, cuando no incluso recomendables. Yo matizaría esta afirmación situando en el origen, incluso antes de los azotes a los niños, la violencia contra los no humanos, ya que estos son aún más indefensos, puesto que ni siquiera pueden contar con el escudo protector de las leyes. Por otra parte, fue en 1884 cuando George Angell, presidente de la Sociedad de Massachusetts para la Prevención de la Crueldad contra los Animales, acusado de preocuparse demasiado por los animales cuando había tanto por hacer por las personas, respondió categóricamente: «Yo trabajo en las raíces. En las raíces del problema de la violencia».
Los grandes pacifistas
Esta tesis guarda relación con el pensamiento de los grandes pacifistas: Aldo Capitini (1899-1968), considerado el Gandhi italiano, llegó a afirmar que la costumbre de matar a los animales de forma constante y sin tregua es el caldo de cultivo de las guerras. Por ello, decidió hacerse vegetariano en 1932, cuando empezaban a soplar vientos de guerra, con la convicción declarada de que, si se aprendía a no matar a los animales, con mayor razón se evitaría la matanza de seres humanos.
En la misma línea se sitúa la postura de otros pacifistas —Gandhi, Tolstói, Terzani, Marcucci, Schweitzer—, convencidos de que el rechazo a la guerra no surge de forma repentina, sino que se nutre de una actitud solidaria, no depredadora, hacia todos los demás, humanos y no humanos, y abarca todos los aspectos de la vida individual y social.
Modificar la condición de la víctima
Si bien no somos capaces de comprender qué hacer para frenar las guerras —en buena compañía, en nuestra impotencia, junto a mentes geniales como Albert Einstein, Sigmund Freud o Bertrand Russell—, en este contexto, de forma mucho más modesta, podemos intentar pensar en lo que es posible hacer, al menos para obstaculizar la inmensa y silenciosa victimización de los animales no humanos, soldados inconscientes y víctimas olvidadas de toda guerra. El quid de la cuestión radica en la convicción de que somos los amos y señores de la vida y la muerte, autorizados e incluso llamados a ejercer este poder a nuestro antojo. Solo si y cuando decidamos devolver a los animales su lugar en el mundo, junto a nosotros y no por debajo de nosotros, podremos aspirar a restablecer un equilibrio hoy destrozado, del que es fruto toda la situación actual.
Una situación que, por desgracia, sigue quedando bien resumida en afirmaciones lapidarias como la de José Saramago, Premio Nobel de Literatura en 1998, quien, al titular su autobiografía Este mundo no está bien, desea e invoca que llegue otro. Y la de un escritor como Jim Mason, que titula uno de sus impactantes libros Un mundo equivocado. Y podríamos continuar con Cesare Pavese, quien, a través de Nuto, personaje de su obra maestra La luna y las hogueras, dice: «El mundo está mal hecho y hay que rehacerlo». En resumen: «El mundo me duele», por decirlo con palabras de Giorgio Gaber.
La situación de estos últimos años parece negar realmente toda posibilidad de optimismo, dada la enormidad de los cambios que serían necesarios. Pero cada individuo tiene el poder de aportar su granito de arena: indignarnos por el trato que reciben los animales en la guerra no tiene sentido si seguimos haciéndoles lo mismo en tiempos de paz. Porque, en palabras de Louise Michel, de estos tiempos malditos surgirá el día en que el hombre consciente y libre ya no torturará ni a sus semejantes ni a los animales. Por esta esperanza merece la pena atravesar el horror de la vida.

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